Historia y Geografía Regional

EFEMÉRIDES DEL MES DE MARZO

Publicado el 05/03/2010
por Leonor Kuhn

1º –  1922 Se celebra la primera Misa en Puerto Rico en el domicilio del sr. José Hentz

05 –  1938 Comienza a funcionar el Colegio San Alberto Magno

11 – 1960 Se inicia el primer ciclo lectivo de la Escuela Normal nº3

 

10 –  1969 Se inician las clases en la modalidad Perito Mercantil en el Instituto San Alberto

Magno

25 –  1973 Creación del Club de Leones Puerto Rico

Mario González “Lorito”

Publicado el 02/03/2010
por Leonor Kuhn
(Artículo publicado en el nº 1 de la revista SOMOS)

Pionero de los medios de comunicación locales

Cuentan que en una época no muy lejana se podía escuchar, transitando la avenida San Martín en Puerto Rico, una voz muy particular.
Era una voz vendedora que salía desde un parlante, sistema que se usaba en los pueblos chicos carentes de emisoras radiofónicas. Esto permitía dar informaciones prácticas y transmitir música y publicidad.
No sólo a los habitantes locales. También los gringos y criollos que venían desde las chacras vecinas, para aprovistarse y/o vender sus producciones, podían obtener informaciones necesarias para resolver sus problemas cotidianos.

Pero volvamos a la dueña de la voz: no era la de “PINKY”, la famosa locutora porteña.
No, esa era la de la otra “Pinky”, la de aquí, la nuestra, la de una señora cuyo esposo, el muy apreciado y siempre recordado Mario González, gustaba llamar ( fiel a su chispeante estilo) con el mismo apodo.
Y le quedó.

La llamativa personalidad de Mario González, siempre de buen humor,  haciendo gala de su poco común plurilingüismo, proviene  de una interesante mezcla étnica. Su padre correntino, su madre miembro de una familia brasileña instalada en Santo Tomé, donde la abuela materna de Mario, llegó a vivir 113 años. Mario nació en Santo Tomé, Corrientes, el 22 de julio de 1927. Se crió en un ambiente fronterizo, hablando portuñol  partícipe de los vaivenes propios  de la gente de ambas orillas.
A los 18 años le tocó el servicio militar en Paso de los Libres. Rápidamente se ganó la confianza de sus superiores, al punto que, gracias a sus conocimientos del idioma portugués, hizo de traductor de la correspondencia entre su jefe y la novia brasileña de éste..

Después de cumplir con el servicio militar, viaja a Jardín América en 1953 donde conoce a Romilda Sauer, una linda  peluquera hija de un mecánico, con quien inicia un romance que desemboca en casamiento.
La joven pareja instala un negocio de publicidad oral “Iguazú” en los altos de la ruta 12  con “…un equipo UCOA a lámparas, dos bocinas LEA, un micrófono RANSER, varios discos de carbón, un gramojón o victrola, un tocadiscos WINCO y muchos metros de cable”..(Norma González), transmitiendo desde una habitación de la familia Sauer, trabajando con Wilibaldo Klauk y Domínguez.
Tiempo después, el inquieto Mario, intenta nuevos horizontes en Puerto Rico, donde trae a su señora e hijas Carmen (Katy) y Norma, en  febrero de 1963, instalando  la PUBLICIDAD “PUERTO RICO”, primer medio de comunicación local

Las bocinas de la “propaladora” se distribuían a través de un cableado en cinco puntos diferentes por la avda San Martín, cuando ésta no era más que una calle de tierra.

No todo se dio natural y fácil para la familia González. Llegaron a Puerto Rico en tiempos del párroco Rvdo. P. José Puhl, que al escuchar la programación que abría la agenda diaria de música, comunicados y publicidad, con la cortina musical “Capivarí”, marcha militar argentina, presentó una queja formal a las autoridades, en desacuerdo con dicha música que según él, no respondía a la idiosincrasia de la población, en su mayoría de ascendencia germánica. El Comandante Cruz de Gendarmería Nacional, hizo notar al sacerdote, la importancia de difundir la música nacional, como marchas militares, folklore y tango, y ordenó que siga la difusión. Tal vez la simpatía, el don de gentes o la espontaneidad de don Mario, ganaron el corazón del P. Puhl, que no sólo le dio la razón, sino que mantuvo una gran amistad con él, aun después de su traslado a Jardín América.

Doña Pinki se concentra en desandar su historia y nos comenta que su primer albergue fue una pieza debajo del Cine Ipiranga, de la familia Krindges, donde también estaban los equipos de transmisión.
Varias mudanzas debió afrontar la familia hasta poder ubicarse en su terreno propio. Estuvieron con sus estudios en el Club Juventud donde además de la publicidad atendían la cantina, en La Casa de la Cultura (después propiedad  de Abdón Vier), Mercado Neumann (local Reichert, calle Posadas y Av. San Martín), donde un incendio destruyó la totalidad de los equipos. En esa oportunidad, la respuesta solidaria de la gente, y  créditos que obtuvo Mario de los bancos Nación e Iguazú, permitieron reanudar el trabajo después de cuatro días de silencio.
Por algunos años, Katy, la hija mayor se  hizo cargo de una nueva publicidad en Jardín América, ya que se había formado en la escuela de la experiencia de sus padres.
La familia siguió creciendo con la llegada de Mario Oscar, Juan Alberto (Titi), y Adela Vanesa. Desde pequeños, todos manifestaron sus dotes artísticas con el canto y la actuación. Los dos varones fueron muy conocidos en nuestro medio cuando formaron el conjunto “Los Cambá Pororó”. También Mario y Pinki integraron un duo de canto que recorrió ciudades y pueblos fronterizos de Brasil, en la década del 60.
Simultáneamente al quehacer publicitario, la  capacidad creadora de Mario encontró en la formación de comparsas un canal de expresión que animó muchos carnavales en Puerto Rico. Ya en su tierra natal formó la comparsa “Marabú” mientras que en Jardín América organiza la comparsa “Los Americanos”. En nuestra ciudad comienza con la comparsa “Yarará” en el club Juventud, muy apoyado por don Andrés Salguero, dirigente por muchos años. A partir de 1980 está al frente de la comparsa “Copacabana” donde centenares de niños y jóvenes  pudieron experimentar la disciplina de los ensayos y la satisfacción del protagonismo de un buen espectáculo

Después de adquirir el terreno de la calle Florencio Varela y construir su casa, se inicia la última etapa de la publicidad Puerto Rico, que fue cerrada definitivamente en 1992 ante la queja de algunos vecinos y la presunción que molestaría a la nueva radio municipal.
¡Cuánta habrá sido la tristeza de don Mario, cuando de pronto tuvo que silenciar su desbordante necesidad  comunicativa, a la vez, su principal medio de vida!
El espíritu inquieto de Mario, no estaba hecho para llorar sobre la leche derramada y quedar de brazos cruzados ante la adversidad, no era su estilo. Entonces, siguió trabajando los fines de semana en el ámbito de los encuentros de fútbol, con sus equipos pasando publicidad y música.

La vida de Mario González se apagó de pronto, sin previo aviso, el 22 de junio de 2000, eñ mismo día que cumplía los 75 años. Así, desestructurado, como era él  siempre,nos tomó a todos por sorpresa a todos por sorpresa.

Desde “Somos Puerto Rico” quisimos recordar la vida sencilla y fecunda  de ese pionero en el oficio de “pasar publicidad” para que permanezca por mucho tiempo en la memoria  de nuestra gente.
Y no encontramos mejor manera de cerrar esta nota que transcribir algunos párrafos que escribiera magistralmente desde el afecto, Claudio Salvador, en la revista Cocú nº 6.

MARIO NO DEJES DE ALEGRARLO A DIOS
“…broncas de ausencias, silencios, recuerdos. De homenajes que llegan tarde, como esta vez.”
“…con que palabras intentaríamos resucitar su alegría y remediar el llanto de veredas vacías que no reciben ya la caricia permanente de sus pasos, su saludo hablando en cien idiomas, su charla prodigando mil chistes, su gracia derramando entusiasmo hasta colmar las calles de coloridas comparsas, desbordantes, clamorosas.”
“Aunque con tanta tarea triste que le da este mundo ingrato, buena falta le hace –angá, al Altísimo- un correntino de ley, como Mario, a su lado. Sacándote el sombrero en su presencia, no te olvides chamigo de relatarle a Dios aquel partido de fútbol y de remedar las publicidades radiales del Paraguay, nombrando uno por uno en lúcido guaraní los frutos de esta selva tuya, casi perdida.”
“(Me parece estar oyendo las divinas carcajadas a través de un parlante callejero, como los que instaló ayer tu esfuerzo en las esquinas del centro)…
 

Calle Pellegrini, génesis de un barrio

Publicado el 01/03/2010
por Leonor Kuhn

Por Leonor Kuhn

(Art. publicado en el nº 2 de la revista SOMOS)

–    Disculpe, la calle Pellegrini, ¿queda lejos de acá?
–    No, ¿ve aquella esquina donde está el Banco Nación y el kiosco de revistas?, la que dobla para abajo, es la  Pellegrini.
Transeúntes imaginarios de un día cualquiera, no podrían referenciar con más precisión, la ubicación de esa calle, que tuvo un protagonismo central en la formación  de una de las primeras zonas  con rasgos de barrio, en los alrededores del nuevo centro.
Cuando hablamos de “nuevo centro” nos referimos a la paulatina pérdida de movimiento e importancia del núcleo poblacional original, cercano al puerto, con la instalación de casas y negocios a ambos lados de la zigzagueante calle principal, cada vez más hacia el sur, acercándose a la nueva ruta nacional nº 12.
En 1940 se inaugura una década de gran crecimiento y transformaciones para el pequeño asentamiento urbano que era Puerto Rico entonces.
Y  justamente, entre las actuales calles Pellegrini y Paraná, José Ernesto Krindges, inmigrante brasileño, había construido un local de madera de grandes dimensiones, con un salón de baile (después Cine Ipiranga), y varias habitaciones destinadas a albergar a gente que estaba de paso. Detrás del local, hacia el oeste y pendiente abajo, se extendía su chacra y potrero, hasta el arroyo León.
En aquella época Gendarmería Nacional alquila la pensión de Krindges e instala su regimiento hasta el año 1945, donde se muda a su lugar definitivo hasta el día de hoy.
Nuevamente la familia Krindges ocupa su propiedad y comienza con el emprendimiento del cine, bar y salón de baile y cancha de basquet. Para ese entonces deciden lotear su potrero y chacra, y con la venta de las parcelas, comienzan a instalarse algunas familias en la zona.
Al otro lado de la calle Pellegrini, se extendía la propiedad de Enrique Riedmaier, hasta la actual calle Belgrano, cuyo fraccionamiento coincide más o menos con el anterior.
Entre ambas chacras, y hasta el arroyo León, una callecita de colonia, pedregosa, muy empinada, mucho antes de llamarse Pellegrini, era el acceso al molino de maiz y más tarde el aserradero de Aloisio Wolfart, donde pesados carros tirados por bueyes, entraban con rollos y salían con maderas aserradas.
No se puede reseñar la evolución de la zona, sin mencionar la larga presencia de la Escuela Nacional 114,  primera escuela pública del Alto Paraná, donde los hijos de los inmigrantes aprendían además del idioma nacional, lo más representativo del ser argentino: la noción de patria. Un viejo galpón propiedad de Enrique Riedmaier, fue el edificio de la escuela por casi 60 años, ubicado entre la Avda San Martín, calles Paraguay, Belgrano  y Reconquista.
Y la barriada que empezó a formarse en la zona aledaña, generó un vínculo entrañable con la escuela 114, que se mantiene vivo en la memoria colectiva de sus antiguos habitantes.
Otro lugar de gran significatividad, que marcó la vida del barrio, punto de referencia ineludible, fue el “Hotel  Suanno”, con bar, restaurante y habitaciones para alquilar.
Su propietario, José María Suanno, hombre jovial y amable, llegó como muchos otros a raiz de una importante migración interna que aportó nuevas vertientes poblacionales.
El bar de Suanno, fue elegido por los colectiveros como Terminal de Ómnibus después de la anterior parada, frente al hotel de Theler, unos 200 mts, más adelante.
Don Suanno pronto se hizo muy famoso: además de ser el primer Intendente electo por los habitantes de P. Rico en  1958, tuvo una activa participación  en el club 25 de Mayo y otras instituciones del pueblo. La ubicación estratégica de su negocio, sumado a la topografía del terreno, que desarrolla una gran pendiente hacia el arroyo León, hizo que mucho tiempo la gente local se refiera al barrio ubicado entre Paraná y Pellegrini, como “Bajo Suanno”
En conversaciones con antiguos moradores de la zona, fluyen en sus memorias nombres y apellidos de familias que habitaban la zona en los albores del barrio, como “Nenito” Otazú, , Maidana, Emilio Rivero (Gendarme, su sra. maestra en el colegio SAM), Muller, fotógrafo, padre de Máximo Muller , actor y bailarín, don Marcos Rojas, sereno del aserradero de Arlindo Brandt, y su sra. Ladislada González, lavandera. Una de sus nietas recuerda detalles de aquel esmerado oficio “mi abuela lavaba la ropa de varias familias importantes del pueblo. Los lunes a la mañana salía a buscar la ropa en grandes atados. Sacaba el agua de una naciente que había y fregaba la ropa con las manos. Sábanas blancas, camisas, manteles y guardapolvos los extendía enjabonados sobre una chapa de cinc, al sol para blanquearlos, después, almidonaba todo, y planchaba con plancha a carbón”
Más familias emergen del recuerdo: Nacimiento, Carlos Vera, Aldana, sra Teresa Loeffler, Anastasio Talavera, Arnulfo Verón, De La Cruz, Acuña, Bastarrechea, Isabelino López, Bizzózzero, Lezcano, Morel, Camargo, Valenzuela, entre otras.
Es interesante observar cómo ciertos puntos o lugares están profundamente ligados a experiencias cotidianas de la gente, y los evocan no sin un dejo de nostalgia. Tal es el caso de la pista de Fortunato Ríos, con su bar “Ideal”, “tenía un metegol que le gustaba a toda la gurisada, el Chirimbolo que le dicen”, explica alguien que pasó su infancia en la zona. Otros recuerdan la pista de Ríos como escenario de la “Fiesta
de San Juan” y los genuinos carnavales  populares.
Hay quienes recuerdan que don Ríos fue el primero en tener un televisor en blanco y negro, que congregaba a su alrededor una multitud de vecinos para mirar peleas o partidos de fútbol.
El recuerdo de emocionantes aventuras y escapadas en la siesta de las calurosas tardes misioneras, remite de inmediato al arroyo León, donde chicos y grandes se bañaban, haciendo frente a las altas temperaturas, y si no, siempre había para pescar. Muchas mujeres lavaban su ropa en las aguas todavía limpias de aquel tiempo.
Mientras estuvo el aserradero de Wolfart, la gente buscaba aserrín para tapizar los pegajosos patios de tierra, o costaneros para alimentar fogones y cocinas a leña.
Del terreno de Enrique Riedmaier, exactamente donde hoy se encuentra el Banco Nación, estaba la plazoleta “Malvinas Argentinas”, que contaba con algunos juegos para los chicos, y de vez en cuando, se instalaba algún parque de diversiones itinerante. También fue el escenario de muchos actos patrios centrales.
En la zona comprendida ente las calles Pellegrini, Paraguay y Belgrano, también se instalaron familias como los Corti, Juan Carlos Méndez (gendarme y fotógrafo), Leocadio Wissner, sastre y su señora Pabla Báez, modista. Esta familia era el centro de reuniones de la colectividad paraguaya; recibían a sus compatriotas recién llegados en las décadas de 1950 – 1960, hasta que conseguían trabajo, por tal motivo, hoy la calle se llama “Paraguay”.
Otras familias de la zona eran las de Rinke, Ayala, Silva, Cáceres…
Algunos todavía recuerdan a don Maximiliano Säckl, un extraño hojalatero alemán,  lisiado en la II Gerra Mundial que  se desplazaba en una enorme moto antigua, y vivía en la actual calle Newberry.
La ubicación geográfica tan próxima al centro, con acceso inmediato a la Terminal, el Cine Ipiranga, la gran tienda “La Casa del Pueblo, la escuela 114, las clínicas de los doctores Marenics, Vaas, Nosiglia y Regúnega, era una gran ventaja, lo que aceleró el proceso de poblamiento de la zona en las décadas del 50 y 60, estimulado sin duda por el florecimiento de las industrias Laminadora Puerto Rico, Citrex, Oleo Tung, aserraderos, molinos de yerba y almidoneras.
Hoy, la calle Pellegrini sigue siendo protagonista de un barrio que alcanzó su máximo desarrollo en el sentido Este-Oeste, cuyas calles se encuentran empedradas, con acceso a todos los servicios que disfrutan los habitantes del centro.

 

Cuando Puerto Rico cambió de nombre

Publicado el 26/01/2010
por Leonor Kuhn

¿Sabía usted que nuestra ciudad y colonia por un lapso de casi 15 años no se llamaba Puerto Rico? Efectivamente, todos los nacidos en nuestra ciudad entre 1950 y 1965 pueden observar en su partida de nacimiento que figura “Libertador General San Martín”. De igual manera, así se encabezaba la correspondencia, notas oficiales y todo tipo de documentación.
¿Qué había pasado?

Para entender este hecho debemos retroceder a 1950. Nuestro país conmemoraba el Centenario de la muerte de San Martín. Múltiples actos y homenajes al “Padre  de la Patria”   se desarrollaron a lo largo y ancho del territorio. Numerosos pueblos y ciudades exteriorizaron su honra denominando calles, plazas, edificios, instituciones con el nombre de nuestro emblemático héroe.
Misiones por aquel entones era  “Territorio Nacional”, es decir todavía no había alcanzado el status de provincia. Nuestra ciudad ya había sido ascendida a la categoría de “municipio” en ese entonces a cargo del Comisionado Municipal  Rafael Mañas Perduomo, quien  elevó  la propuesta del cambio de nombre en forma arbitraria, en contra de la voluntad de los vecinos de Puerto Rico.
En 1955 después de la Revolución Libertadora, se envió una solicitud  al entonces gobierno de la provincia, suscripta por las fuerzas vivas de la localidad, en la que se pedía el reintegro del nombre de PUERTO RICO. Esta gestión inició el expedienten nº 290 -v- 1956 GM
Pasado un tiempo y ante la falta de respuesta por parte del gobierno provincial, se constituye una asamblea de vecinos que delibera sobre los pasos a seguir. En primer lugar elige una Comisión Pro Monumento al Libertador General San Martín, encabezada por Benno Reckziegel como presidente y Pedro Albano Simon como secretario. La constitución de  esta comisión fue en realidad el resultado de la estrategia pensada para el logro del objetivo. Es decir, la comisión entiende que no será sencillo quitar el nombre de San Martín, nada menos, había que ofrecer una contra propuesta compensadora y convincente. Es así como a cambio de la restitución del nombre PUERTO RICO, ofrece, ante la inminencia de una nueva reorganización de los departamentos de la provincia como consecuencia de  su reciente “provincialización” (1953), que el departamento correspondiente reciba el nombre Libertador General San Martín. (Recordemos que hasta ese momento formábamos parte del departamento Cainguás) Además propone que la calle principal del pueblo, se llame avenida San Martín, como también proyecta la construcción de una plaza  en un punto estratégico, donde sería erigido un monumento al prócer.
Una vez elevada la propuesta al gobierno provincial encabezado por el interventor Adolfo J. Pomar, se inicia un nuevo expediente, esta vez con el nº 5924-C-1956. La comisión recibe una respuesta del ministro de gobierno quien expresa su conformidad y promete que será tenida  en cuenta la propuesta del nombre del departamento al momento de la nueva reestructuración territorial.
En 1958 se produce efectivamente la nueva división departamental de la provincia y se designa Libertador General San Martín a nuestro departamento y Puerto Rico como cabecera del mismo. Pero todo queda ahí, no hay ninguna resolución o comunicación oficial a los organismos públicos y privados, que siguen usando el nombre Libertador General San Martín  en todo tipo de documentos.
Mientras tanto, a poco de constituirse la comisión ya mencionada, ésta moviliza a la población para conseguir los fondos necesarios para la compra de la estatua del prócer. Aquí comienza un largo y sinuoso camino burocrático de notas, idas y vueltas entre la comisión, el Ministerio del Interior, el Instituto Sanmartiniano y las firmas Sarubi & Barili S.R.L, Bronces Abbiali y Fundición Humberto Radaelli dedicadas a la fundición de estatuas en bronce.
En el trayecto de la gestión hubo que asimilar nuevos aprendizajes, por ejemplo,  que no era cuestión de elegir cualquier modelo de San Martín para poner en un espacio público, el tema estaba rigurosamente pautado por un decreto del presidente Farell del año 1946 en virtud del cual todo monumento de San Martín debía contar con la autorización del Instituto Nacional Sanmartiniano. En ese sentido los modelos usuales recomendados por el INS eran: la Estatua Ecuestre (San Martín a caballo), Busto del General San Martín en tamaño natural diseñado a partir de un óleo hecho por su hija, Estatua del General San Martín de cuerpo entero con uniforme y sable y Busto de San Martín anciano hecho en base a un daguerrotipo realizado en París el año 1848.
Las firmas mencionadas envían sus respectivos presupuestos a la comisión que elige el busto de San Martín, aunque debió pedir varias veces actualización de los presupuestos por el tiempo transcurrido y la inflación, que siempre estuvo presente en nuestra historia. El último presupuesto enviado para la obra elegida fue de $ 120.000.- moneda nacional.
Así se llega al año 1960, el nombre del departamento ya estaba, la calle, futura avenida también, pero el objetivo central seguía incumplido.
La comisión sigue firme en la lucha y el 19 de noviembre de 1960 envía una extensa y enfática nota al Ministerio del Interior  donde reseña la gestión realizada. En uno de sus párrafos manifiesta: “PUERTO RICO”  bajo esta denominación fue fundada esta localidad, hoy pujante Pueblo y Colonia del Alto Paraná, en el año 1919.  A consecuencia de la inmigración multilateral, así es conocida la población en todo el mundo. Hace exactamente diez años, Centenario de la muerte de San Martín, “Puerto Rico”  fue cambiado arbitrariamente por “Libertador General  san Martín”, como si no hubiesen existido suficientes lugares con ese nombre, o como si al héroe inmortal  se le hubiese podido agregar honra con esta designación. Y termina la nota con otro argumento contundente: “Demás está decir que el nombre de “Libertador General San Martín” no se asimiló ni en la población de la localidad ni en toda la Provincia, donde sigue diciéndose “Puerto Rico” pues creemos que si después de diez años no se olvidó a PUERTO RICO, que se le deje el nombre y se le restituya también oficialmente.
                                                                                                                 SERÁ JUSTICIA
Y se cumplirá el deseo unánime de toda la población.

Desconocemos cual fue la respuesta del Ministerio, pero lo cierto es que hubo que esperar cuatro años y medio más hasta que fue aprobado un proyecto en la Cámara de Diputados presentado en forma conjunta por los diputados Osvaldo Mario Rey y Alfonso Kuhn, que aunque de partidos políticos diferentes, para esta oportunidad se pusieron la camiseta de Puerto Rico. Como corolario se sanciona la ley nº207 el 31.07.64  promulgada por Decreto nº 1562 con fecha 10 de agosto de 1964 por el Poder Ejecutivo Provincial, que establece a Puerto Rico como cabecera del Dpto. Libertador General San Martín restituyendo oficialmente el nombre original y bien querido: PUERTO RICO.

Toda esa movida de la población en favor de la recuperación del nombre del pueblo, tiene directa relación con la génesis de nuestra plaza San Martín. Precisamente en el acto en homenaje al Libertador Gral San Martín, en la plaza homónima, el 17 de agosto de 1964, don José Ignacio Simon, entonces presidente del Concejo Deliberante local, en un sentido discurso expresa su complacencia por la restitución del nombre. 

          José Ignacio simon presidente del HCD coloca una ofrenda floral al pie del mástil de la plaza San Martín. Agosto de 1964       
 
José Ignacio Simon presidente del HCD coloca una ofrenda floral al pie del mástil de la plaza San Martín

Trabajo De Los Colonos En Las Primeras Décadas De Puerto Rico

Publicado el 05/09/2009
por Matias Morawicki

Prof. Leonor Kuhn

A fines del siglo XIX,  con la creación del Territorio Nacional de Misiones, el estado argentino inicia una política de ocupación efectiva de las tierras más alejadas, consideradas “vacías”. Comienza entonces una entrada masiva de inmigrantes europeos de diferentes nacionalidades, población que se suma a la preexistente, fruto de constantes migraciones fronterizas motivadas por contiendas bélicas como La Guerra de la Triple Alianza, o del sistema de economía extractiva de la yerba y la madera.

El repoblamiento de la actual provincia de Misiones desde fines del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, reconoce tres modalidades de inmigración: oficial, espontánea y privada. La inmigración de familias de origen alemán al territorio misionero, corresponde principalmente a esta última modalidad.

Carlos Culmey, ingeniero alemán, funda Puerto Rico en 1919 y Montecarlo en 1920, mientras que Adolfo Schwelm hace lo propio con Eldorado en 1921. Estas tres colonias, ubicadas en el margen izquierdo del Alto Paraná, constituyen los núcleos de mayor presencia alemana en Misiones. Ahora bien, dentro de esa vasta comunidad de origen alemán, se advierte una  diferenciación interna según su procedencia: alemanes llegados directamente de Europa (constituyen la mayoría en Eldorado un número importante en Montecarlo, mientras que en Puerto Rico son la minoría), brasileños de origen alemán, llegados a Brasil en diferentes oleadas a partir de 1824, y alemanes del Volga procedentes algunos de Brasil, y  de migraciones internas de  nuestro país.

En este contexto llamamos “colonos” a las familias instaladas en las chacras, dedicadas a la actividad agropecuaria a escala doméstica con un paulatino viraje hacia una pequeña economía de mercado que ha permitido el progreso creciente de las familias.

La colonización propiciada por las compañías privadas se basó principalmente en un modelo de ocupación minifundista de pequeñas propiedades familiares, adquiridas por compra, generalmente a plazos, en la que  cada familia desarrollaba sus actividades agrícolas de economía autosuficiente, donde la unidad doméstica así considerada constituye un complejo material y simbólico, escenario de la cotidianeidad de los colonos.

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LA CHACRA

Los motivos que impulsaron a los campesinos alemanes de Brasil a abandonar sus tierras en busca de mejores oportunidades  fueron variados y complejos, pero emerge con insistencia la idea de adquirir tierra fértil, abundante y barata. 
El colono alemán-brasileño, es portador de una cultura en la que prevalece una ancestral valoración de la tierra, y ser “propietario” de una parcela asegura la supervivencia  propia y de su familia, constituye un medio de inserción social y ciudadana. Muchas veces la pérdida de la propiedad fue traumática, vivida como fracaso social, y ponía en riesgo hasta los mismos vínculos del núcleo familiar.
El acceso a la tierra, fue entonces el principal objetivo de los colonos, que en su gran mayoría eran agricultores. Algunos habían adquirido sus tierras “sobre el mapa” en Brasil, mientras que otros realizaban la compra, al contado o a plazos (de acuerdo a las posibilidades) a partir de su arribo al lugar.
El modelo de fraccionamiento de las parcelas adoptado por las compañías de colonización privadas, corresponde al Waldhufen o “picada” que atendía las características edáficas y topográficas del territorio, de lo que resultan lotes de entre 25 y 27  hectáreas  paralelos entre sí y  perpendiculares a un camino o picada trazado en las lomadas interfluviales, con el fondo del terreno sobre un arroyo.  Este sistema,  garantizaba el abastecimiento de agua permanente y una cierta equidad en la distribución del suelo.
En un primer momento el lote o parcela, estaba cubierto de selva virgen aunque ésta ya venía siendo explotada por las empresas madereras desde hacía siglos, por cuanto los terrenos más próximos al río Paraná o más alejados pero con buenas condiciones de accesibilidad, carecían en ese momento de una alta densidad de especies de Ley . La primera tarea de los colonos fue el desmonte, que lo realizaban mediante la práctica del “rozado” ,  técnica asimilada en Brasil. En la organización de la parcela el colono desmontaba sólo lo que consideraba necesario, es decir, un claro suficiente para el emplazamiento de la vivienda, huerta, superficie destinada a cultivos anuales o perennes,  galpones y potrero para la cría de ganado y el resto permanecía cubierto de monte.   La superficie abierta, por lo general, no superaba el 50% del total del predio.
El valor de la propiedad estaba en relación directa con la superficie de monte nativo, que para el colono representaba  una reserva para el futuro, ya que el mismo servía para extraer madera, leña, medicinas, era el hogar de los animales silvestres que le servían de alimento; asimismo podía brindar recursos en cualquier emergencia que se presente, o para extender la superficie cultivable. Pero además, el monte era un espacio portador de un valor simbólico que despertaba en los colonos sentimientos y emociones contradictorios: temor a lo desconocido, admiración por la magnificencia de la naturaleza, representaba el escenario que desafiaba al coraje y al empeño por doblegarlo.
Por el sistema de parcelamiento aplicado (Waldhufendorf) o una combinación de  lotes alargados (lonjas ortogonales) ,  que aseguraba el acceso a un arroyo o vertiente, y por la particular topografía de la región, consistente en una sucesión de lomadas con pendiente general hacia el río Paraná, en la mayoría de los lotes, se encontraban cercanos al arroyo, importantes yacimientos de arcilla,   materia prima de las “olerías”    industria característica de los alemanes-brasileños.
Un elemento que no estaba ausente en ninguna unidad doméstica, era el “potrero”, con superficies que oscilaban entre una o tres hectáreas aproximadamente  siempre lindantes con el arroyo o vertiente, dedicado a la cría de ganado vacuno y caballar principalmente. Como la zona carece de pasturas naturales, el pasto fue cultivado con plantines traídos por los inmigrantes desde Brasil.

VIVIENDA, GALPONES Y CORRALES

La primera preocupación sin duda de los inmigrantes, fue la construcción de sus viviendas, que cobijarían a sus familias. Así como tener un terreno propio fue muy importante para los colonos, la casa fue siempre un objetivo central. Respondía  a una concepción de familia estable y duradera en constante crecimiento y la vivienda definitiva debía ser sólida y durable. No se pensaba en una movilidad geográfica.
Las crónicas de los primeros tiempos de la colonización registran que al principio la mayoría de las familias se refugiaban en chozas armadas con palos y ramas   para  pasar después a la construcción  de casas provisorias de madera, con tablas aserradas en forma precaria, generalmente poco estacionadas. La estructura de la casa iba montada sobre unos postes de madera, elevados unos 50 cm. o más del suelo. Los techos, se cubrían con una especie de tejas, “tablillas” de incienso rajadas a mano, bastante resistentes a la intemperie. Las casas contaban con uno, dos o tres dormitorios, cocina, comedor, y raras, veces una sala, al frente y o al fondo una galería. Las ventanas eran de madera, Si aplicamos el concepto de comodidad y confort a los que podemos estar habituados hoy en día, aquellas viviendas nos parecerían extremadamente precarias. Las distintas dependencias cumplían a su vez, funciones bien diferenciadas.
A medida que las familias de las colonias lograban progresar, se abocaban a la construcción de la vivienda definitiva. El modelo de casa mas utilizado era el “Fachwerkhaus”,  que consistía en una sólida estructura con gruesas vigas de madera trabajadas a mano, unidas con tarugos, también de madera. El esqueleto era rellenado con ladrillos unidos con barro y luego revocados.
Estas construcciones disponían de todas las dependencias consideradas necesarias, en algunas, constituían dos cuerpos separados por un corredor; en uno se ubicaba la cocina, lavadero con cisterna, comedor a veces despensa, mientras que en el otro bloque iban los dormitorios y la sala. La mayoría de las casas contaban con un amplio sótano, destinado a guardar productos alimenticios elaborados por los colonos.
Con el tiempo, a medida que las colonias accedía a nuevos materiales se iban reemplazando por ejemplo los techos con chapas de cinc.
La casa como espacio de reproducción de saberes y costumbres, era también el centro organizador de las actividades cotidianas de sus miembros y la expresión visible de la identidad y de las representaciones que tenían de sí mismos como etnia alemana-brasilera  por cuanto procuraban que tuviera un aspecto limpio, decoroso y cuidado (Wohnkultur)

En contacto con la vivienda se desarrollaba el patio, generalmente de tierra que se mantenía limpio y alisado a fuerza de barridas. Algunas familias colocaban ladrillos de plano en el sector en contacto con la vivienda. El jardín siempre fue objeto de cuidado por parte de las amas de casa, pero con las limitaciones propias de la época. Como no se disponía de máquinas para cortar césped, no se cultivaba pasto, sino que se organizaban canteros con flores o plantas decorativas.
Muy próximo a la casa se plantaban árboles frutales y se hacía la huerta , muy importante ya que la economía del colono se basaba en la autoproducción y consumo.
Muchas de estas unidades domésticas contaban con parrales de uvas, especies traídas de Brasil, aclimatadas al ambiente subtropical.
Otro elemento destacado era el galpón, depósito construido en madera, que cumplía con la función de resguardar las herramientas, arados, carros, sulkis, monturas, como para almacenar productos  (maíz, tabaco, batatas, papas, zapallos, forrajes). En este ambiente trabajaban los colonos en las largas jornadas de lluvia que eran frecuentes en otoño y primavera, dedicándose a todo tipo de reparaciones y trabajos manuales. En conexión con el galpón se construían los establos que guarecían a vacas y terneros durante el ordeñe.
La mayoría de los colonos se dedicaban a la cría de cerdos y aves de corral, por lo tanto, no faltaba en el espacio descrito, los chiqueros y gallineros, a veces muy precarios, construidos con palos y ramas y más tarde con madera; en muchos casos, no había gallineros y las gallinas se trepaban a los árboles para dormir. Otros en cambio lograban organizar gallineros con amplios corrales para distintos tipos de aves (gallinas, patos, gansos) como también chiqueros con el máximo de comodidad apuntando a la mayor diversificación de la producción doméstica.
Otro elemento dentro de las construcciones accesorias al galpón, eran las casillas ahumadoras pequeños recintos con un fogón en el piso y ganchos en el techo, destinados a ahumar la carne y facturas de cerdo.
Completaban el repertorio de construcciones en los alrededores de la vivienda, un horno de ladrillo a leña, destinado a la cocción del pan y demás panificados, y la presencia de un pozo para abastecimiento de agua para consumo humano.   Herman Müller nos relata con riqueza de detalles, como algo tan elemental como conseguir el abastecimiento de agua, podía representar una hazaña.
El aislamiento geográfico de las colonias de la costa del Paraná (su único acceso fue la vía fluvial) fue un condicionante para que las soluciones a sus necesidades se generaran desde el interior de ellas. Fue así que muchos paisajes de unidades domésticas, se completaban con instalaciones de industrias como aserraderos, olerías y fábricas de almidón de mandioca, siempre ubicadas próximas a una fuente de agua ya sea para obtener energía con ruedas hidráulicas, o para usarlo en el proceso industrial, y con acceso al camino rural o picada.

TRABAJO Y PRODUCCIÓN

El modelo de trabajo de los colonos alemanes-brasileros se basaba en una explotación agro-ganadera familiar, caracterizada por la diversificación de cultivos y el empleo de técnicas agrícolas primitivas (machete, azada, arado a tracción animal), cuya producción era destinada en principio al consumo de la familia, cuyos excedentes eran entregados en los almacenes locales a cambio de otras mercaderías, no producidas en la esfera doméstica.
Con respecto al uso de la mano de obra familiar existía una gran valoración de la autonomía  y la “capacidad de trabajo” como rasgo étnico, lo que explica la gran resistencia de los colonos a contratar mano de obra externa. Sin embargo, los peones se tornaban necesarios en ciertos momentos del ciclo productivo (carpida, cosecha). En muchos casos esto se resolvía con la colaboración de algún vecino o pariente, y en último caso, se acudía a la mano de obra del criollo. 
En los inicios de las colonias, debido a las condiciones generales de precariedad se puede decir que la actividad agropecuaria se inscribe dentro de las características de subsistencia; más tarde con la introducción de cultivos como tabaco , yerba mate y cítricos, y la cría de cerdos se ampliaron las posibilidades de acumulación de capital de los colonos.
Los primeros cultivos  en cada chacra, por su rápido desarrollo y el conocimiento que sobre ellos tenían los alemanes-brasileños, fueron por excelencia el maíz, el poroto y la mandioca, base de su alimentación, y forraje para los vacunos, cerdos y aves de corral.
La organización del trabajo tenía fuertes rasgos de estacionalidad, marcado principalmente por los ciclos climáticos (invierno, verano, temporadas de sequía, lluvias).
En este sentido podemos considerar como trabajos propios de otoño-invierno las tareas relativas a la instalación y puesta en marcha de la huerta.
Estos trabajos comenzaban en febrero y marzo cuando se punteaba la tierra y se le incorporaba el humus del monte, y más tarde estiércol de los animales domésticos. Cuando la familia contaba con aves de corral, cerdos y vacunos (que era lo mas frecuente) la parcela destinada a la huerta era cerrada con varas más o menos gruesas o trozos de tacuara (bambú)  cortadas longitudinalmente y atadas con alambre o hilo velero. Más tarde estos primitivos cercos eran reemplazados por tejidos de alambre. Después, de preparados los almácigos se sembraban las verduras, que luego eran transplantadas en un día de lluvia.
Una mención especial merece el cultivo del tabaco, tarea que también  corresponde a la época invernal; para junio se sembraban las semillas en almácigos con abundante humus y bien protegidos del sol y las fuertes  lluvias (se ubicaban generalmente al borde del monte). Luego se trasplantaba a tierra (al final de una lluvia, preferentemente bajo la llovizna) y comenzaba el cuidado de la planta, carpiendo y quitando los yuyos. Este cultivo requería el máximo cuidado, ya que era fundamental, obtener una hoja sana sin perforaciones. Justamente una plaga que atacaba al tabaco, era una variedad de orugas, que había que retirarlas a mano, para no dañar las hojas. Las variedades que se producían en el Alto Paraná (Puerto Rico, Monte Carlo y Eldorado) fueron el Criollo Misionero, Kentucky, Burley, Florida, etc.   
Otras actividades propias de la estación tenían que ver con los preparativos para “pasar el invierno” como, por ejemplo asegurar los galpones, almacenar el maíz, cortar y picar leña, tapar las ramas de la mandioca para protegerlas de las heladas. También se almacenaban zapallos destinados a la alimentación de cerdos y vacunos.
Merece mención especial la trilla de los porotos, que luego de cosechadas las plantas enteras se colocaban sobre una ponchada de lona y se ponían al sol en días de poca humedad, para su secado: una vez bien secas y crujientes eran golpeadas con garrotes para aflojar los porotos de las vainas. Para separar la semilla de la basura se aventaba levantando puñados de porotos, dejándolos caer, hasta su máxima limpieza. Después se envasaban en bolsas de arpillera y se guardaban en los galpones.
Para descascarar el arroz o moler yerba, se utilizaba un tipo de molino denominado “monjolo”. Se componía de un palo equilibrado sobre un eje. Una de sus puntas terminaba en forma de batea, recibía una corriente de agua que al llenarla, la obligaba a bajar hasta descargarla. La otra punta estaba armada de un pilón que se levantaba al bajar la batea, y que caía con fuerza dentro, de un mortero, cuando aquella se vaciaba.
En esta época del año también se acostumbraba cortar la caña de azúcar que se exprimía en trapiches, totalmente construidos en madera, accionados a tracción animal o humana. El jugo así obtenido se hervía, hasta transformarlo en un almíbar liviano llamado miel de caña que reemplazaba al azúcar que en aquellos tiempos era un producto muy costoso.
El otoño e invierno de los primeros tiempos de la colonia, solía presentar periodos bastante prolongados de lluvia, tal vez por la presencia de la exuberante selva. Pero esos días que impedían el trabajo intensivo en la chacra y otras tareas al aire libre, eran igualmente aprovechados para realizar aquellas actividades que de todos modos debían realizarse y podían hacerse bajo techo, como por ejemplo, picar leña, pelar y desgranar maíz, tizar chala de maíz destinada al relleno de colchones (tarea generalmente a cargo de los niños), trenzar tientos de cuero para fabricar rebenques, torcer tabaco (cuerda) que después se enrollaba para armar cigarros de chala ,  acondicionamiento de los implementos de pesca y armas de cacería, como todo tipo de reparaciones de herramientas de labranza, utensilios e instalaciones. Los hombres solían dedicarse a la pesca en esos días.
Con la llegada de la primavera y a medida que se prolongaba la duración de la luz solar, se iba modificando poco a poco la rutina de trabajo, especialmente las relacionadas con las tareas al aire libre. Los trabajos se iniciaban con la primera luz del día concentrados principalmente en la limpieza y preparación de la tierra para la siembra de los cultivos anuales como maíz, mandioca, porotos, zapallos, sandias, melones, arroz (variedad de tierra. seca), cebollas, pepinos, etc.
Como las parcelas estaban recién desmontadas, el suelo era muy fértil, por lo que no había preocupación  por abonar la tierra. Tampoco se tenía conciencia de la rápida degradación de los suelos por efecto de las torrenciales lluvias y del declive de los terrenos, por lo que se trasplantaban las prácticas agrícolas propias de las llanuras europeas, con las lamentables consecuencias que hoy conocemos.
La tarea de arar se realizaba con arados construidos por los colonos y que consistían en una “canga” generalmente de “sapui”, árbol de madera resistente y liviana para no lastimar el pescuezo de los bueyes que se uncían a é1; de éste salía la vara (que indistintamente servia para el carro, o arado) de guatambú. Detrás y a un ángulo de 45º llevaba un palo de madera resistente donde se colocaba una hoja de acero de diferentes formas, que según la necesidad podía ser de “tumba” o para abrir surcos. En la parte superior salían un par de brazos que el colono utilizaba para controlarlo, mientras que los bueyes se dirigían mediante una soga atada a la oreja exterior de cada buey era tironeada mientras el arador expresaba a viva voz un código muy peculiar “hooit”, “haar” que las bestias interpretaban como “derecha”, “izquierda”. Este era un trabajo muy pesado, realizado generalmente por varones adultos que en no pocas acciones derivaban en algún problema de columna como consecuencia del sobreesfuerzo.
Una vez preparada la tierra se procedía a la siembra donde se aplicaban distintas técnicas, según el cultivo.
El maíz se plantaba con un implemento de madera y chapa que tenia un depósito para la semilla, accionado manualmente que al hincarse en la tierra, expulsaba la cantidad necesaria de granos y al ser retirado, tapaba la tierra. También se lo utilizaba para la siembra de porotos, cabe aclarar que esta herramienta de labranza se sigue utilizando hoy en día en muchas chacras.
Promediando la primavera, culminaba la producción de verduras de la huerta, por lo que se procedía a elaborar todo tipo de conservas, especialmente de repollo envasado en botellas de vidrio (Chucrut) como también una variedad de dulces en base a miel de caña y pulpa de frutas. Esta tarea era realizada por las mujeres. Durante todo el verano y hasta el momento, de la cosecha, permanentemente era necesario controlar los yuyos. Este trabajo se hacia con azadas, y mantenía ocupada a toda la mano de obra disponible, incluidos los niños.
El momento, de la mayoría de las cosechas se producía al finalizar el verano, o al comienzo del otoño y requería la colaboración de toda la familia. En ocasiones se ayudaban los vecinos alternando en sus respectivas chacras.
Una vez madurado el maíz, se doblaba el tallo, para evitar que el agua de lluvia estropee la espiga madura que permanecía en la planta por algún tiempo, hasta su cosecha. Casi todos los productos eran apilados en montones lo más próximos a un sendero donde eran cargados en carros tirados por bueyes para su traslado hasta los galpones.
Los cultivos perennes que fueron implantados en las colonias del Alto Paraná fueron: la yerba mate, tung, cítricos y recién entrada la década del 40, se comenzó con las forestaciones de pinos  fueron en realidad la base de la expansión económica de las colonias. A su vez, cada uno de los cultivos estaba asociado a altibajos dependiendo de las fluctuaciones de los mercados internacionales, de manera que aquellos colonos que sabían ver la oportunidad de cada cultivo, son los que lograron un recorrido más exitoso. 

Además de los trabajos estacionales los colonos realizaban todo tipo de tareas vinculadas con la organización del nuevo espacio en expansión o con la provisión de alimentos, como por ejemplo la faena. Se elegía un día fresco con poca humedad para faenar vacunos, y o cerdos destinados, a la alimentación de las familias. La carne vacuna, a los efectos de conservarla, se la cortaba en tiras que eran puestas a secar o bien saladas y ahumadas. Para ello se construía una casilla con un fogón en el piso que servia para mantener humo por varios días, Esto luego era almacenado en un lugar fresco y seco. En la mayoría de las casas se utilizaba la “despensa” con este fin.
Durante la faena de cerdos se procedía a procesar la grasa colocando la misma en grandes recipientes de lata al fuego, cortado en pequeños trozos. Una vez suelta. la grasa quedaba el “chicharrón” que se utilizaba para enriquecer la masa del pan u otras recetas.
Las colonias se fueron gestando sobre una base de estructura agraria, no obstante había otras necesidades que satisfacer. Es así como surgen otras actividades u oficios como comerciantes, herreros, carpinteros, albañiles, zapateros, peluqueros, etc., que aumentaban en cantidad y variedad con el crecimiento de la población. Las primeras industrias de la zona fueron aserraderos, olerías, y fabricas de almidón de mandioca. 
Según relatos de los pioneros, el comienzo de la colonia fue cimentado sobre una fuerte base solidaria, ya que las familias se ayudaban mutuamente para desmontar, construir las viviendas, los galpones, durante la faena de animales, preparar la tierra, cultivar o cosechar. De igual manera, se compartían las provisiones en casos de fracaso de cosechas por sequías, incendios, ataques de langostas o en circunstancias adversas como tormentas, granizadas o tornados.
Con respecto a la organización del trabajo al interior de la  unidad doméstica, se basaba en la división de género. Así los varones (el padre e hijos jóvenes y adultos) representaban la imagen pública de la unidad se los asociaba con la fuerza, la  contracción al trabajo, por lo tanto fueron ellos los encargados de realizar los trabajos más duros, toscos, o peligrosos como el desmonte, arada, construcción de viviendas y galpones, castrar novillos, etc. En cambio las mujeres se relacionaban más con lo interior, silencioso, aunque la “capacidad de trabajo” no reconoce diferencia de género. Las mujeres tenían a su cargo el conjunto de tareas que demandaba la reproducción cotidiana del grupo (limpieza de la vivienda, elaboración de comidas, lavado de ropa, cuidado de los niños) además se ocupaban de la huerta, el jardín, las gallinas, el ordeñe y tantas otras tareas.
Existía un conjunto de trabajos donde la segregación de género fue menos estricta, y la distribución del mismo estaba en relación a las necesidades del momento como sembrar, transplantar, clasificar tabaco, y toda aquella tarea que implicaba mucha mano de obra.
También los niños colaboraban desde muy temprana edad en función de su capacidad operativa y de las cualidades de cada operación.
Una característica común en las familias de origen alemán- brasileño, era la austeridad en su manera de vivir, que se manifestaba en toda su organización doméstica: nada se desperdiciaba, se valoraba el esfuerzo invertido en el logro de las propiedades, y se anhelaba el progreso económico considerado como fruto de la disciplina en el trabajo y del ahorro.
En los ciclos económicos negativos, y cuando las unidades domésticas, ya no aseguraban la autosuficiencia, los colonos se organizaron en cooperativas , en las cuales, muchos descendientes de alemanes-brasileños, tuvieron destacada participación como dirigentes.

ALGUNAS CONCLUSIONES

Si bien hubo trayectorias individuales y particulares, se puede observar como tendencia general de las colonias de alemanes brasileños:

–    La unidad doméstica fue la base de la organización familiar en pos de un progreso constante.
–    Fue establecida en pequeñas propiedades, en lotes de 25 a 30 hectáreas, dispuestos a lo largo de una picada o línea, con acceso a una fuente de agua.
–    El trabajo se articulaba en torno a la explotación agropecuaria, con alta diversificación de cultivos, y la cría de ganado vacuno, porcino, caballar y aves de corral.
–    Los objetivos de la explotación apuntaban en primer lugar al autoconsumo, y a la venta del excedente a los negocios de ramos generales de la zona, y más tarde a la exportación.
–    La tecnología aplicada en las tareas agrícolas e industriales, fueron en gran medida, producto de su asimilación en el Brasil.
–    El conocimiento de la selva, la tierra, cultivos autóctonos y técnicas en relación, les permitieron constituirse en los mentores de los inmigrantes llegados directamente de Europa.
–    El trabajo se basaba en la mano de obra familiar, con auxilio de vecinos o parientes en ocasiones de levantar construcciones, cosechas, etc., siendo en general  resistentes al contrato de peones criollos.
–    Algunos trabajos eran ejecutados con un criterio de diferenciación de sexos basados en tradiciones propias del grupo.
–    La colectividad es reconocida como la iniciadora de industrias características de la zona como las olerías y fábricas de almidón de mandioca.
–    El aporte al desarrollo económico de la provincia es significativo, tanto en la actividad agropecuaria, agroindustria y la participación en el cooperativismo.

¿Por quién doblan las campanas?

Publicado el 18/06/2009
por Leonor Kuhn

 

La emblemática torre del templo San Alberto Magno, larga y alta, no sólo es el punto de referencia más notable de la ciudad, visible a gran distancia, sino que alberga en su interior tres magníficas campanas, cuyo código de comunicación formó parte del cotidiano de la gente de nuestra ciudad y colonia, por mucho tiempo.

Puerto Rico, desde los albores de su creación oficializada por Carlos Culmey en noviembre de 1919,  fue una población eminentemente católica, guiada espiritualmente por el Padre Max Von Lassberg, sacerdote jesuita, co protagonista en la empresa colonizadora.
La relevancia de la parte espiritual, canalizada a través de la religión, la fe en Dios de nuestros pioneros,  se manifiesta con la temprana construcción de la primera iglesia San Alberto Magno, cercana al puerto, hoy capilla San Miguel. Esa iglesia tenía un campanario construido en gruesas vigas de madera, ubicado en la parte más elevada del terreno (actualmente plaza San Martín). Un tiempo después fue desarmado y trasladado al lado del templo.
La campana de 167 kg había sido traída de Buenos Aires en 1921 y en 1948, cuando el nuevo edificio de la iglesia San Alberto Magno ya se encontraba casi listo, también se traslada la campana.

Desde la etapa fundacional de la colonia, la campana de la iglesia estuvo cargada de significado en el imaginario colectivo de la comunidad, desde constituirse en la “voz de la conciencia” que recuerda con sus toques en distintos momentos del día, ya sea la llamada a oración, el medio día, como el cumplimiento de otras obligaciones, especialmente la Misa dominical hasta acontecimientos como bodas, fallecimientos o la llegada del Año Nuevo.

En tiempos de la primer campana (que permaneció los 10 primeros años de funcionamiento del templo), la población de Puerto Rico podía oir sus tañidos a las 6 de la mañana, como saludando al nuevo día. En realidad, era un llamado a la oración así como a las 12 del mediodía y el “Angelus” de las 18hs, marcando el fin de la jornada e invitando al recogimiento en la intimidad del hogar.
La rutina de los días domingos y “fiestas de guardar” era un tanto diferente, ya que las campanadas eran más frecuentes tocando la “llamada” a Misa ½ hora antes, y la “entrada” al inicio.

En el año 1956, el entonces cura párroco rvdo. Padre José Phul encarga la construcción de tres campanas nuevas a un taller de fundición de Bochum (Alemania) especialmente para nuestra comunidad. De distintos tamaños y preciosos sonidos cada una con su nombre grabado en relieve, la más pequeña “Ave María”, la mediana “San José” y la mayor “San Alberto”.
En 1958, arribaron al frente de la iglesia montadas en el camión de Alfonso Rambo, recibidas por la comunidad y el novel obispo Monseñor Jorge Kemerer quien las bendijo en esa ocasión.

Cada campana tenía sus padrinos que fueron seleccionados en sendos remates “al mejor postor”  para el financiamiento de las mismas. Así de la campana San Alberto fueron padrinos José Sockmanns  e Hilda Rosenbach, de la San José, Antonio Rosenbach y Frida Seewald de Baumgratz y de la Ave María,  Ricardo Radins e Isabel Flores de Rauber
Es de imaginarse el desafío que representó montar las pesadas campanas en la torre, cuando no se conocían los elevadores mecánicos.
La vieja campana  tuvo como destino la capilla San Roque de la colonia San Alberto

Parafraseando al famoso escritor Ernest Hemingway con su obra “¿Por quién doblan las campanas?”  recordamos el código de comunicación que constituían estas campanas durante mucho tiempo para la comunidad. Además de tocar llamadas y entradas a los diferentes oficios religiosos, era costumbre anunciar los fallecimientos. Así, cuando morían niños  o  jóvenes tocaba la campana menor; la muerte de una señora era anunciada con la campana mediana, mientras que para los varones adultos, tocaba la mayor. Sin teléfono ni emisoras de radio locales, esos mensajes eran captados de inmediato. La población entendía, que en algún hogar del pueblo o de la colonia, la muerte se había presentado.
Al finalizar las Misas de Réquiem de “cuerpo presente”, que eran tan habituales en otros tiempos, el toque de campanas despedía al difunto mientras se iniciaba la caravana hacia el cementerio.

Los repiques se daban en  grupos de tres a intervalos regulares, luego en forma continuada durante algunos minutos. La importancia de la persona fallecida en relación a la iglesia, se notaba en la duración de las campanadas. Así por ejemplo, el 8 de octubre de 1958, una vez conocida en esta parte del mundo la muerte del Papa Pío XII, se escuchó por largos minutos el estremecedor sonido e la campana mayor. A nadie escapaba que alguien muy importante había fallecido.

El equipo electrónico para poner en funcionamiento el repique automático de las campanas procedente de Alemania, fue instalado a principios de 1962  para reemplazar la tradicional soga tirada a tracción humana.
En 1999 el técnico electrónico Pedro Terlaack instaló la automatización parcial de las campanas de manera que suena la San José todos los mediodías y el “Angelus” a las 19 hs.

Si bien las campanas pertenecen a un ámbito específico que es el templo y tienen en origen una función asociada al quehacer religioso, sus bellísimos  sonidos que el viento esparce hacia los cuatro puntos cardinales a kilómetros a la redonda,  constituyen una marca identitaria que enorgullece al conjunto de  los portorriqueños.

Parroquia San Alberto Magno

 

 

 

PUERTO RICO, aguas profundas y lapachos

Publicado el 24/05/2009
por Leonor Kuhn

 

Puerto Rico, distante a 140 km. de Posadas, capital de la provincia, es una ciudad recostada en el margen izquierdo del río Paraná, que desde siempre formó un vínculo entrañable con el pueblo: antes, porque fue el inicio mismo del trazado urbano, único acceso de viajeros, mercaderías, correspondencia… y ahora, suministro de agua y fuente de solaz y esparcimiento.

 

Puerto Rico, como otras ciudades del Alto Paraná, irrumpe en la historia misionera, en las primeras décadas del siglo XX, cuando durante la presidencia de Hipólito Yrigoyen se producen importantes movimientos de colonización privada en el entonces Territorio Nacional de Misiones. En este caso, bajo la dirección de don Carlos Culmey, ingeniero alemán que ya había fundado pueblos en el sur de Brasil, y que formaliza en Buenos Aires en mayo de 1919, la Compañía Colonizadora Alto Paraná Culmey, acompañado del sacerdote jesuita Max Von Lassberg, consejero espiritual de la naciente colonia. A fines de ese año se produce el desembarco sucesivo de inmigrantes brasileños de origen alemán, reclutados por Culmey, quien declara fundada la nueva colonia el 12 de noviembre de 1919.

 

Como la mayor parte de la provincia de Misiones, esta región, fue el hogar de los grupos nómades prehistóricos primero, de los Guaraníes después, y objeto de una intensa economía extractiva en las décadas previas a la fundación, recorrida entonces por obrajeros, capataces, mensúes, aventureros, que no formaron poblaciones estables, permitiendo instalar en el pensamiento de de los colonos traídos por Culmey, la fantasía de ser los “primeros”.

 

Muchos más siguieron llegando: europeos y gente de otras provincias que se sumaron a tantas generaciones que dieron lugar a una trama de interacciones conjugando sueños, trabajo, tensiones, cambios, avances y retrocesos, cuya expresión visible es una pintoresca ciudad de casi 20.000 habitantes.

 

Originalmente, Puerto Rico fue concebida como una colonia agrícola, cuyo primer emplazamiento estuvo algunos km. más al norte, en el paraje San Alberto, pero ante las dificultades que causaba la escasa profundidad de las aguas del Paraná en ese sitio, Culmey explora la costa y decide el traslado del asentamiento hacia el sur, al lugar que ocupa actualmente, por considerarlo “rico en aguas profundas”, circunstancia que plasmó para siempre la toponimia de la ciudad.

 

Años bravos llenos de dificultades en medio de la selva y del aislamiento, fueron las circunstancias de los primeros colonos, que sin embargo, poco a poco transformaron ese espacio prístino, en un mosaico de chacras, potreros, picadas, convergentes hacia el puerto, único portal de acceso por muchos años.

 

Y como todas las colonias agrícolas del Alto Paraná, aquí se plantó, yerba, tabaco, tung, maíz, mandioca, cítricos; se instalaron olerías [1], fábricas de almidón de mandioca, aserraderos, fábrica de esencias y jugos cítricos, laminadora, lo que al promediar la década del 60, ameritó el nombre de “capital de la industria”, que todavía se lee en el arco de acceso sobre la ruta nacional 12, pero poco tiene que ver con la realidad actual, donde las contra marchas de la economía desplazaron penosamente aquel dinamismo industrial.

 

Si bien los contingentes de los primeros inmigrantes fueron mayoritariamente brasileños de origen alemán, también se incorporaron europeos, especialmente alemanes y suizos, además de criollos y paraguayos que ya trabajaban en los obrajes de la zona, conjugando una sociedad con núcleos muy cerrados al comienzo, con marcado etnocentrismo, situación que comenzó a modificarse lentamente, que sumado a una importante migración desde otras provincias como Entre Ríos, Buenos Aires, Corrientes, etc., a partir de los 50 y 60 generó interesantes cambios, sobre todo en el ámbito de las mentalidades.

 

El proceso de urbanización de la antigua colonia de Puerto Rico, coloca el vínculo rural-urbano como elemento constitutivo de su personalidad. Las chacras más cercanas al primitivo núcleo céntrico, se fragmentan en lotes y manzanas en función de las construcciones ya existentes, que agregado a la topografía de la zona con pendiente general hacia el río, dio lugar a un trazado bastante irregular. Aún hoy, y a pesar de ser una ciudad con todos los servicios, no abandona la impronta de su origen campesino, que se aprecia en sus casas con jardines, plantas y flores, y un estilo de vida donde se mezclan los hábitos pueblerinos con lo más actual de la globalización.

 

A partir de la apertura de la ruta nacional 12, nuevos patrones de circulación se instalan. El centro experimenta un desplazamiento más próximo a la ruta, se abandona progresivamente el transporte fluvial, y con él, se gesta una inexplicable indiferencia hacia el río Paraná, que recién en estos últimos años recupera en parte la atención, con la construcción de una hermosa avenida costanera, muy frecuentada por los lugareños, y carta de presentación para los visitantes.

Puerto Rico hoy

Geográficamente nuestra ciudad posee una ubicación de privilegio, pues se encuentra casi en la mitad del recorrido Posadas-Iguazú, con enlaces cercanos a la mayoría de los atractivos turísticos de la provincia, situación que potencia la posibilidad de convertirla en un importante centro de servicios para el turismo internacional, atraído por las Cataratas del Iguazú. Asimismo integra junto a las localidades vecinas, la micro Región de las Flores, que le otorga identidad diferenciada según la nueva regionalización turística provincial.

 

Categorizar nuestra ciudad desde un criterio cuantitativo llevaría a considerarla una ciudad intermedia dentro del sistema urbano provincial, pero si la vemos desde parámetros cualitativos, donde se tiene en cuenta el modo de vida, podríamos decir que se trata de un centro urbano un tanto indefinido que alterna entre un pueblo provinciano donde priman las relaciones cara a cara de sus pobladores, y una ciudad con los servicios y patrones de consumo al mejor estilo de las grandes ciudades.

 

La ciudad se extiende entre dos avenidas principales, con una traza irregular donde predominan las viviendas unifamiliares de estilos arquitectónicos muy eclécticos, pero, en general, modernas construcciones, profusamente iluminadas con grandes ventanales, frentes de ladrillo “a la vista” de procedencia local, colocados con técnicas artesanales del dominio de los constructores de la zona.

 

Lo que confiere identidad paisajística a la ciudad son las calles arboladas especialmente con lapachos, sobre todo los de flores amarillas, si bien también los hay de flores rosadas y de blancas, que en algunas veredas se alternan, mientras que en otras predomina uno u otro color. La floración de los lapachos se produce a fines de julio o comienzos de agosto, anunciando la cada vez más temprana primavera de la tierra colorada. La gran mayoría de los vecinos celebra el colorido estallido de la naturaleza, organizando paseos y caminatas, sacando fotos, que capturan para siempre las marcas distintivas de cada calle de lapachos.

 

La pequeña aldea campesina transformada en ciudad en un constante proceso de crecimiento, trajo consigo la creación de más centros sociales y culturales, escuelas de todos los niveles y diferentes modalidades. Es así que Puerto Rico, cabecera del departamento Libertador General San Martín, tiene varios establecimientos escolares de Educación General Básica y en cuanto a la educación Secundaria existen las modalidades de Humanidades y Ciencias Sociales, Ciencias Naturales, Organización y Gestión, Bienes y Servicios. También hay ofertas de educación superior: Profesorado de Educación Especial, Profesorado de Educación Primaria, Instituto Superior Agroindustrial, Instituto Argentino de Estudios Superiores, con varias carreras, una extensión de la Universidad Nacional de Misiones, con la Tecnicatura en Comunicación Social además de otras opciones de estudios universitarios semi presenciales. Sin embargo consideramos que las alternativas para nuestros jóvenes aún son insuficientes, circunstancia que obliga al desarraigo tan común en el interior de las provincias.

 

Si miráramos a Puerto Rico a vuelo de pájaro veríamos un crecimiento urbanístico que “estiró” a la ciudad hacia el Sur y el Este, sobreimprimiéndose sobre la zona peri urbana, plural, abierta, atravesada por la ruta nacional 12 , dinámico vaivén que permite la llegada de lo nuevo.


[1] Las “olerías” son los establecimientos industriales donde se elabora los ladrillos. Son muy famosas las olerías de la zona, con tecnología traída por los inmigrantes teutobrasileños, cotizados por su acabado prolijo, con gran demanda en otras regiones del país.

Las Campanas de la Parroquia San Alberto Magno

Publicado el 12/05/2009
por Leonor Kuhn

 

 

En Breve…

 

 

 

 

 

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