Cuentos y Letras

“De mi cosecha”

Publicado el 15/03/2010
por Leonor Kuhn

 

Son productos de la sabiduría “casera”…

Existen desde siempre…

Pertenecen a quien los registre en su memoria…

Son: Refranes …………………___

“Al que madruga Dios lo ayuda”

“El que fue a la villa perdió la silla”

“No por mucho madrugar amanece más temprano”

“No todos los males están en mi puerta”

“El ahorro es la base de la fortuna”

“La mona, aunque se vista de seda , mona se queda”

“Quien mal anda mal acaba”

“No todo lo que brilla es oro”

“A caballo regalado no se le miran los dientes”

“Nadie es profeta en su tierra”

“Haz bien sin mirar a quién”

“Quien ríe último ríe mejor”

“No hay botín que no se vuelva tamango”

“Dime con quién andas y te diré quién eres”

“Al mal tiempo buena cara”

“Amanece que no es poco”

……………………………………….

- ¿podemos compartir los de tu cosecha?….

-

El Más Querido De La Familia

Publicado el 25/06/2009
por Leonor Kuhn

El Más Querido De La Familia

 

 por Alberto Szretter
 
En un centro asistencial murió un señor. Esto es normal. Decimos que es normal morir; y que de vez en cuando -incluso- conviene morir. No nos viene mal.
Es saludable para la propia persona y para la especie.
Este señor, cuando vivía era un hombre anciano, jubilado; con el tipo de pensiones que otorga el Estado de manera graciosa e interesada (sobre todo si aun vota) a la gente vieja; como dádiva cuando –creemos nosotros- es un derecho inalienable de la gente mayor.
 
No va que un día al buen hombre, humilde, añoso, debilitado de tanto aguantar los desplantes de los días, se le da por enfermarse, ir a una Clínica para buscar alivio y no encontrándolo, fallecer.
En esos días vinieron muchos parientes de la colonia.
Nosotros decimos “la colonia” al sistema de chacras que existen en esta provincia olvidada y marginal.
 
En las chacras, parcelas de tierra de variada extensión, 20, 30, 40 hectáreas, se asentaron a vivir los inmigrantes principalmente, pero también quedaron allí los criollos a producir cosas de la agricultura.
Y después ya se sabe, se mezclaron los colores.
Las chacras comienzan en las afueras de los pueblos, del ejido urbano, allí nomás, y se las encuentran varios kilómetros tierra adentro.
 
De esos lugares llegaron las visitas. Algún hermano más joven que el enfermo, parientas de pañuelos en la cabeza, gordas y flacas, viejas y púberes, rubias y castañas, sobrinos en camiones destartalados, nietos y sobrenietos que el abuelo ya casi no conocía, vecinos en chatas de museos. Ahí había nombres y apellidos del norte de Europa y del sur de América.
Todos trabajadores rudos, sanos, simples, con callos de laborar la tierra, el arado, de plantar, de cosechar y ordeñar, de volver a plantar, cosechar y ordeñar, en ciclos eternos y cada vez más duros, pesados y pobres.
Claro que cuando hay que partir para siempre no existe multitud de apoyo que retenga al viajero.
Y eso pasó.
 
El señor tuvo el buen tino de morirse. Lo decimos no con resignación burlona o siguiendo un fatalismo religioso, por favor, sino aceptando los cruces impostergables de la vida.
Y eso que pasó, ha pasado y va a continuar pasando: el mundo va renovando  -si miramos bien-  su gente.
Es gracias al sexo y a la muerte que esto sucede. Y aunque el sexo es biológicamente antieconómico (en cuanto a energía), es hermoso y con eso ya basta. La muerte en cambio es ascética, fea y (no guste o no) también necesaria.
En cuanto a lo primero, ya sabemos que algunos biólogos afirman que es más práctico que la célula se parta en dos o que produzca gemación simple para reproducirnos.  Pero esto, que pertenecería a otro cuento, es horrible. Preferimos gastar más y acoplarnos como corresponde, que andar ahorrando energías en aburridas replicaciones insulsas o esperando polinizaciones al azar.
 
Bueno, decíamos que el buen cristiano se murió, y decíamos que este fenómeno suele pasar.
Lo que no suele pasar tan seguido fue lo que se dio, en el caso que nos ocupa, en los momentos posteriores.
 
Fue el médico a cerciorarse del fallecimiento. Y era cierto, nomás.
Luego fue la enfermera o casi con el médico, ya que estos no pueden moverse sin el resguardo, apoyo, espalda, e hilo-más-delgado de la enfermera; y ahí nomás, una administrativa, por esa cuestión de sacar los sueros, la primera, y entregar o también sacar (papeles), la segunda. Trámites sanitarios y trámites burocráticos.
Y aquí el primer problema, ya no para el muerto sino para los que se quedaron de este lado de la raya: no tenía cobertura de sepelio, y menos en la chacra.
 
¿Qué hacer?
Hubo una reunión, reducida, de los deudos directos en voz baja, primero en el pasillo, de emergencia, y después afuera, en la vereda, ampliada, con otros parientes.
Al abuelo no lo iban a dejar jamás. Había que llevarlo, era verano y el cuerpo ya no podía aguantar muchas horas más, apuraron en el sanatorio, que es una empresa cuya materia prima son los vivos enfermos y los vivos sanos. Los muertos deben pasar a otro rubro. Es la división internacional del trabajo.
 
Dispusieron una camioneta (la más nueva) de un pariente y, tal cual haría una ambulancia, la enfocaron de traste en el garaje del sanatorio; consiguieron unas tablas y pusieron allí al anciano fallecido.
Surgió en ese instante el inconveniente de que la carrocería del vehículo era más corta que el difunto, pero ellos, gente sola acostumbrada a solucionar problemas sin la ayuda de ninguna institución y menos del Estado que no se acuerda ni siquiera de los que aun moran este mundo, y mucho menos en la chacra, encontraron que si no cerraban la tapa  porque los pies quedaban afuera, podían transportarlo igual. Pero tomaron la precaución de atarlo. Que uno puede estar muerto y caerse igual en el primer barquinazo.
 
Cuando terminaron de fajarlo al cadáver con unas sogas desde las axilas y alambres desde los pies y de cargar su delgada, flaca e inútil maleta, subieron adelante, en la cabina,  la viuda y una hija, y dos nenas, y atrás tres muchachotes y una joven de ignorada filiación, pero qué importa, para no dejarlo solo al difunto y para prevenir deslizamientos en las bajadas y subidas de los caminos terrados de la zona.
 
Un morocho de 140 kilos manejaba transpirando y asumiendo con cara de circunstancia el importante papel que el Destino le había deparado. Habrán sido las 11 de la mañana cuando salieron. 
En otros móviles humildes y más vetustos  se armó la comitiva seguidora rumbo al velorio.
El sol caía con toda la fuerza abrasadora de un enero desatado. Pero había que ir despacio por una cuestión de respeto y porque todos habían visto en los pueblos alguna vez las procesiones de este tipo, que son lentas; salvo en las grandes ciudades donde los coches fúnebres se contagian del vértigo urbano y trasladan por las avenidas a gran velocidad, haciendo slalom, al muerto, a los familiares y a las coronas de flores que van desparramado pétalos de plástico y lamentaciones preimpresas por las calles ciudadanas; además hay que cumplir  con otros servicios, y no se debe andar perdiendo el tiempo frente a la inevitabilidad del destino.
 
A las dos cuadras encontraron un almacén abierto y pararon. Había que hacer lo que se denomina una “provista”, o sea provisiones de  alimentos, bebidas, aceite, vino, cosas que no hay en las chacras lejanas, porque no hay sitios por ahí cerca donde abastecerse para pasar esas horas de duelo y despedida.
Los supermercados están en los pueblos; ahí están las ofertas, los colores, la variedad.
 
Bajaron todos, menos un par de jóvenes que se quedaron con el señor y, acatando las órdenes de una hija rubia, desplegaron una sombrilla sobre la cara lívida de hombre.
Quizás hacía mucho que la familia no se acercaba a la ciudad porque tomaron la ocasión para detenerse en ver detalles de mercancías y novedades recién llegadas, bijouterí espantosas de vitrinas, vidrios pintados y unidos por cuerditas; regatear precios, comprar pavadas, y adquirir comidas y bebidas como si el mundo fuera a acabarse y temieran que falte algo con que retribuir los pésames, las frases hechas y las caras de no somos nada.
 
Las bolsas y cajas las fueron subiendo en las chatas en situación de desguace, que seguían al finado, algunas, incluso, al costado del muerto que de esta manera hizo su último viaje rodeado de damajuanas, galletas y salchichones.
La única corona de claveles, mustios y tan secos como el destinatario, la fijaron a los dedos gordos del occiso, que salían de la camioneta, para hacer espacio y también  -hay que decirlo-  para que los transeúntes, los pocos que había en esa hora tórrida de siesta, y los inexistentes de más adelante, en el camino, repararan que ahí iba, sereno y final, el más querido de la familia.-
 
 
 

El Más Querido De La Familia

Publicado el 25/06/2009
por Leonor Kuhn

El Más Querido De La Familia

 

 por Alberto Szretter
 
En un centro asistencial murió un señor. Esto es normal. Decimos que es normal morir; y que de vez en cuando -incluso- conviene morir. No nos viene mal.
Es saludable para la propia persona y para la especie.
Este señor, cuando vivía era un hombre anciano, jubilado; con el tipo de pensiones que otorga el Estado de manera graciosa e interesada (sobre todo si aun vota) a la gente vieja; como dádiva cuando –creemos nosotros- es un derecho inalienable de la gente mayor.
 
No va que un día al buen hombre, humilde, añoso, debilitado de tanto aguantar los desplantes de los días, se le da por enfermarse, ir a una Clínica para buscar alivio y no encontrándolo, fallecer.
En esos días vinieron muchos parientes de la colonia.
Nosotros decimos “la colonia” al sistema de chacras que existen en esta provincia olvidada y marginal.
 
En las chacras, parcelas de tierra de variada extensión, 20, 30, 40 hectáreas, se asentaron a vivir los inmigrantes principalmente, pero también quedaron allí los criollos a producir cosas de la agricultura.
Y después ya se sabe, se mezclaron los colores.
Las chacras comienzan en las afueras de los pueblos, del ejido urbano, allí nomás, y se las encuentran varios kilómetros tierra adentro.
 
De esos lugares llegaron las visitas. Algún hermano más joven que el enfermo, parientas de pañuelos en la cabeza, gordas y flacas, viejas y púberes, rubias y castañas, sobrinos en camiones destartalados, nietos y sobrenietos que el abuelo ya casi no conocía, vecinos en chatas de museos. Ahí había nombres y apellidos del norte de Europa y del sur de América.
Todos trabajadores rudos, sanos, simples, con callos de laborar la tierra, el arado, de plantar, de cosechar y ordeñar, de volver a plantar, cosechar y ordeñar, en ciclos eternos y cada vez más duros, pesados y pobres.
Claro que cuando hay que partir para siempre no existe multitud de apoyo que retenga al viajero.
Y eso pasó.
 
El señor tuvo el buen tino de morirse. Lo decimos no con resignación burlona o siguiendo un fatalismo religioso, por favor, sino aceptando los cruces impostergables de la vida.
Y eso que pasó, ha pasado y va a continuar pasando: el mundo va renovando  -si miramos bien-  su gente.
Es gracias al sexo y a la muerte que esto sucede. Y aunque el sexo es biológicamente antieconómico (en cuanto a energía), es hermoso y con eso ya basta. La muerte en cambio es ascética, fea y (no guste o no) también necesaria.
En cuanto a lo primero, ya sabemos que algunos biólogos afirman que es más práctico que la célula se parta en dos o que produzca gemación simple para reproducirnos.  Pero esto, que pertenecería a otro cuento, es horrible. Preferimos gastar más y acoplarnos como corresponde, que andar ahorrando energías en aburridas replicaciones insulsas o esperando polinizaciones al azar.
 
Bueno, decíamos que el buen cristiano se murió, y decíamos que este fenómeno suele pasar.
Lo que no suele pasar tan seguido fue lo que se dio, en el caso que nos ocupa, en los momentos posteriores.
 
Fue el médico a cerciorarse del fallecimiento. Y era cierto, nomás.
Luego fue la enfermera o casi con el médico, ya que estos no pueden moverse sin el resguardo, apoyo, espalda, e hilo-más-delgado de la enfermera; y ahí nomás, una administrativa, por esa cuestión de sacar los sueros, la primera, y entregar o también sacar (papeles), la segunda. Trámites sanitarios y trámites burocráticos.
Y aquí el primer problema, ya no para el muerto sino para los que se quedaron de este lado de la raya: no tenía cobertura de sepelio, y menos en la chacra.
 
¿Qué hacer?
Hubo una reunión, reducida, de los deudos directos en voz baja, primero en el pasillo, de emergencia, y después afuera, en la vereda, ampliada, con otros parientes.
Al abuelo no lo iban a dejar jamás. Había que llevarlo, era verano y el cuerpo ya no podía aguantar muchas horas más, apuraron en el sanatorio, que es una empresa cuya materia prima son los vivos enfermos y los vivos sanos. Los muertos deben pasar a otro rubro. Es la división internacional del trabajo.
 
Dispusieron una camioneta (la más nueva) de un pariente y, tal cual haría una ambulancia, la enfocaron de traste en el garaje del sanatorio; consiguieron unas tablas y pusieron allí al anciano fallecido.
Surgió en ese instante el inconveniente de que la carrocería del vehículo era más corta que el difunto, pero ellos, gente sola acostumbrada a solucionar problemas sin la ayuda de ninguna institución y menos del Estado que no se acuerda ni siquiera de los que aun moran este mundo, y mucho menos en la chacra, encontraron que si no cerraban la tapa  porque los pies quedaban afuera, podían transportarlo igual. Pero tomaron la precaución de atarlo. Que uno puede estar muerto y caerse igual en el primer barquinazo.
 
Cuando terminaron de fajarlo al cadáver con unas sogas desde las axilas y alambres desde los pies y de cargar su delgada, flaca e inútil maleta, subieron adelante, en la cabina,  la viuda y una hija, y dos nenas, y atrás tres muchachotes y una joven de ignorada filiación, pero qué importa, para no dejarlo solo al difunto y para prevenir deslizamientos en las bajadas y subidas de los caminos terrados de la zona.
 
Un morocho de 140 kilos manejaba transpirando y asumiendo con cara de circunstancia el importante papel que el Destino le había deparado. Habrán sido las 11 de la mañana cuando salieron. 
En otros móviles humildes y más vetustos  se armó la comitiva seguidora rumbo al velorio.
El sol caía con toda la fuerza abrasadora de un enero desatado. Pero había que ir despacio por una cuestión de respeto y porque todos habían visto en los pueblos alguna vez las procesiones de este tipo, que son lentas; salvo en las grandes ciudades donde los coches fúnebres se contagian del vértigo urbano y trasladan por las avenidas a gran velocidad, haciendo slalom, al muerto, a los familiares y a las coronas de flores que van desparramado pétalos de plástico y lamentaciones preimpresas por las calles ciudadanas; además hay que cumplir  con otros servicios, y no se debe andar perdiendo el tiempo frente a la inevitabilidad del destino.
 
A las dos cuadras encontraron un almacén abierto y pararon. Había que hacer lo que se denomina una “provista”, o sea provisiones de  alimentos, bebidas, aceite, vino, cosas que no hay en las chacras lejanas, porque no hay sitios por ahí cerca donde abastecerse para pasar esas horas de duelo y despedida.
Los supermercados están en los pueblos; ahí están las ofertas, los colores, la variedad.
 
Bajaron todos, menos un par de jóvenes que se quedaron con el señor y, acatando las órdenes de una hija rubia, desplegaron una sombrilla sobre la cara lívida de hombre.
Quizás hacía mucho que la familia no se acercaba a la ciudad porque tomaron la ocasión para detenerse en ver detalles de mercancías y novedades recién llegadas, bijouterí espantosas de vitrinas, vidrios pintados y unidos por cuerditas; regatear precios, comprar pavadas, y adquirir comidas y bebidas como si el mundo fuera a acabarse y temieran que falte algo con que retribuir los pésames, las frases hechas y las caras de no somos nada.
 
Las bolsas y cajas las fueron subiendo en las chatas en situación de desguace, que seguían al finado, algunas, incluso, al costado del muerto que de esta manera hizo su último viaje rodeado de damajuanas, galletas y salchichones.
La única corona de claveles, mustios y tan secos como el destinatario, la fijaron a los dedos gordos del occiso, que salían de la camioneta, para hacer espacio y también  -hay que decirlo-  para que los transeúntes, los pocos que había en esa hora tórrida de siesta, y los inexistentes de más adelante, en el camino, repararan que ahí iba, sereno y final, el más querido de la familia.-
 
 
 

Sandra, por Rosita Escalada Salvo

Publicado el 06/06/2009
por Leonor Kuhn

SANDRA

por Rosita Escalada Salvo

Sandra no es noticia: las pregona. Como tantos otros niños, en ciudades y pueblos.
Solo que Sandra es mujercita y el resto del gremio está formado por varones.
Cuando la vi vocear el diario, tuve miedo. Por lo que enseña la calle. Y porque la sabía intacta en la inocencia de su niñez.
Pero después supe que sus ” colegas” la respetaban. No se burlaban, no la molestaban aunque por ser niña, vendiera más. Hasta podría decirse que la cuidaban.
Tal vez por su aspecto de gorrión desteñido. Quizás por su pelo chuzo, mojado por las neblinas tempraneras. O por sus ojos de ratoncito huidizo.
Verla parada en el borde de la avenida, es como un dedo que nos está acusando, no sabemos bien de qué. Y uno, hasta mira para el otro lado.
¿Cómo la conozco a Sandra? Porque dibuja bien. Y antes iba a la escuelita de arte. Y no faltaba nunca.

Un día se acercó y dijo:

- No puedo venir más. Tengo que vender diarios.

- ¿Y tu papá, en qué trabaja?

- N-no lo conocí.

- Y tu mamá, qué hace.

- Mi mamá tuvo un bebé y por ahora el médico del Hospital no quiere que vaya a lavar ropa al arroyo.

- Sandra, ¿cuántos hermanos tenés?

- Seis…bueno, uno se murió el año pasado, en el verano.

Sandra se levanta a las cinco, cuando aún está todo muy oscuro. Vive en un pueblo del interior, en el caserío del Barrio Municipal, más allá del Cementerio, donde no llega el empedrado, ni la luz ni el agua corriente.

Ha cumplido nueve años y no llega a completar el ciclo lectivo, pues su madre la saca de la escuela en cualquier mes, porque tiene que ayudar.
Ayudar a tender la ropa, en las mañanas frías. Ayudar a cambiar pañales, a preparar mamaderas, a cocinar el reviro. Y, ahora, ayudar a alimentar las cinco bocas, con la venta de los diarios.
Desde hace tres años, no pasa de grado, pese a su inteligencia poco común.
Hoy, después de meses, y por casualidad, la encontré a Sandra. En la terminal de ómnibus, a la espera de potenciales clientes para sus periódicos.
Más alta, más delgada, quemada por el sol.
Cuando me vio, sus ojos se iluminaron y la misma sonrisa inocente se pintó en su carita.

- ¡Señora! Pasé de grado!

- ¿Cómo es eso, Sandra?

- ¿Se acuerda de la señora Erika, la de la escuela de arte? Ella me habló. Me dijo que yo tenía que seguir estudiando, que yo era inteligente, que ella me iba a prestar un Manual y que me iba a enseñar lo que no entendía. Y yo fui todas las tardes, a su casa. A fin de año me presenté a rendir y salí bien y pasé. El año que viene me anotaré en tercero…

- ¡Cuánto me alegro, Sandra!

- La señora Erika habló con mi mamá y ella le prometió que no me volvería a sacar de la escuela. Y que voy a vender diarios hasta marzo, después no.

- Ojalá sea así.

- Y…( baja los ojos con cierta timidez) ¿ Podré volver a la escuela de arte?

- ¡Por supuesto, Sandra! Siempre habrá un lugar esperándote.

Me alejo con un nudo en la garganta. A veces, surge un ángel guardián terrenal que se ocupa de un niño.

Un niño, entre miles y miles.

 

Rosita Escalada Salvo

 

 

 

 

 

 

Sandra, por Rosita Escalada Salvo

Publicado el 06/06/2009
por Leonor Kuhn

SANDRA

por Rosita Escalada Salvo

Sandra no es noticia: las pregona. Como tantos otros niños, en ciudades y pueblos.
Solo que Sandra es mujercita y el resto del gremio está formado por varones.
Cuando la vi vocear el diario, tuve miedo. Por lo que enseña la calle. Y porque la sabía intacta en la inocencia de su niñez.
Pero después supe que sus ” colegas” la respetaban. No se burlaban, no la molestaban aunque por ser niña, vendiera más. Hasta podría decirse que la cuidaban.
Tal vez por su aspecto de gorrión desteñido. Quizás por su pelo chuzo, mojado por las neblinas tempraneras. O por sus ojos de ratoncito huidizo.
Verla parada en el borde de la avenida, es como un dedo que nos está acusando, no sabemos bien de qué. Y uno, hasta mira para el otro lado.
¿Cómo la conozco a Sandra? Porque dibuja bien. Y antes iba a la escuelita de arte. Y no faltaba nunca.

Un día se acercó y dijo:

- No puedo venir más. Tengo que vender diarios.

- ¿Y tu papá, en qué trabaja?

- N-no lo conocí.

- Y tu mamá, qué hace.

- Mi mamá tuvo un bebé y por ahora el médico del Hospital no quiere que vaya a lavar ropa al arroyo.

- Sandra, ¿cuántos hermanos tenés?

- Seis…bueno, uno se murió el año pasado, en el verano.

Sandra se levanta a las cinco, cuando aún está todo muy oscuro. Vive en un pueblo del interior, en el caserío del Barrio Municipal, más allá del Cementerio, donde no llega el empedrado, ni la luz ni el agua corriente.

Ha cumplido nueve años y no llega a completar el ciclo lectivo, pues su madre la saca de la escuela en cualquier mes, porque tiene que ayudar.
Ayudar a tender la ropa, en las mañanas frías. Ayudar a cambiar pañales, a preparar mamaderas, a cocinar el reviro. Y, ahora, ayudar a alimentar las cinco bocas, con la venta de los diarios.
Desde hace tres años, no pasa de grado, pese a su inteligencia poco común.
Hoy, después de meses, y por casualidad, la encontré a Sandra. En la terminal de ómnibus, a la espera de potenciales clientes para sus periódicos.
Más alta, más delgada, quemada por el sol.
Cuando me vio, sus ojos se iluminaron y la misma sonrisa inocente se pintó en su carita.

- ¡Señora! Pasé de grado!

- ¿Cómo es eso, Sandra?

- ¿Se acuerda de la señora Erika, la de la escuela de arte? Ella me habló. Me dijo que yo tenía que seguir estudiando, que yo era inteligente, que ella me iba a prestar un Manual y que me iba a enseñar lo que no entendía. Y yo fui todas las tardes, a su casa. A fin de año me presenté a rendir y salí bien y pasé. El año que viene me anotaré en tercero…

- ¡Cuánto me alegro, Sandra!

- La señora Erika habló con mi mamá y ella le prometió que no me volvería a sacar de la escuela. Y que voy a vender diarios hasta marzo, después no.

- Ojalá sea así.

- Y…( baja los ojos con cierta timidez) ¿ Podré volver a la escuela de arte?

- ¡Por supuesto, Sandra! Siempre habrá un lugar esperándote.

Me alejo con un nudo en la garganta. A veces, surge un ángel guardián terrenal que se ocupa de un niño.

Un niño, entre miles y miles.

 

Rosita Escalada Salvo

 

 

 

 

 

 

Sucursal de Dios

Publicado el 05/06/2009
por Leonor Kuhn
SUCURSAL DE DIOS


 (A la Iglesia San Alberto Magno)

 
Suena que suena, altivo

Tu antiguo campanario,

Parroquia de San Alberto

Refugio de los cristianos.


 
Tu ‘din don’ llamando a misa

Es un repique sagrado,

Porque rebozan de fe

Tus fieles buenos y malos.

 

Domingos de mañanita

Rejuvenecen tu encanto,

Cuando te cubres de un manto

 

De saludos y sonrisas

Y el Coro Santa Cecilia

Hace aplaudir a los Santos.

 

Erni Vogel, 31/07/1985

 

Navidad Fútil

Publicado el 05/06/2009
por Leonor Kuhn

Navidad fútil


Huero árbol de vana estrella

Que ocultas apagones y silencios…

Brisa indemne, enramado susurro

De mustia mirada

Y resignado parpadeo

Despierta incandescente cual febo de la bronca

Sacude tormentoso mi corazón dormido

Que el tiempo del hombre obnubila el gesto

Desatiende el hambre y la miseria

Cual insomne, burda pieza

Del rompecabezas incompleto

De la piel sin abrazos, de la boca sin besos,

Del enorme solitario de multitud aciaga…

 

Llévame a ti, pequeño rostro seco

Oblígame a ver tu mundano polvo,

Empújame a pisar tu barroso patio,

Acuéstame estéril en tu duro lecho

Tu desaventajado frío, tu mesa de hastío

Y vuelve mi rostro con abofeteado giro

Hacia el esplendor etéreo

De luces y guirnaldas y presentes opulentos…

Árbol de vidriera

Sin raíz ni fruto

Sin pesebre ni estrella.

Desolando vas la vida cual quimera…


 

 

Prave Jazer  (fines de 2004)

El Augurio

Publicado el 31/05/2009
por Leonor Kuhn

Aletargado por las horas de reclusión y penumbra estiró los brazos casi fingiendo desperezarse. Sus músculos no reaccionaban al pedido y los bostezos tampoco llegaron como cuando el descanso es bueno…

Las ligeras fisuras entre el cortinado roto resplandecían marcando una mañana avanzada y el latir callejero parecía acercarse paulatinamente a medida que sus sentidos despertaban desordenada y evasivamente.

 

 Buscando incorporarse, un agudo dolor en la espalda, entre la espina y el omóplato, comenzó a retorcer su memoria. Un repentino abrir de ojos mostró destellos viperinos tras las pupilas aún poco dilatadas para escudriñar las sombras entre los sucios rincones del paradero. Ojos y recuerdo febril combinaron como resorte y la velocidad desencadenó incómodas piruetas mal vistiendo y posándolo en unos segundos en un patio interior, piso y medio debajo de la guardilla del mal sueño…

Saltó las dos hiladas de alambre linderas de los patios encontrados y un par de ladridos echaron al ruedo la misma angustia que exhalara en caliente aliento por casi tres horas la madrugada anterior, cuando en dos oportunidades fuera descubierto y casi aprehendido.

Rodeó un bienoliente guayabal agazapándose para evitar las ramas bajas y luchando contra los dolores, enfilando velozmente tras la cerca de troncos podridos hacia el bajadón que lo metió de improviso entre las ruidosas y secas bananas de oro y después en el bañado…

———————————-

“-¿Estás sola?.. – la pregunta sonaba aún en sus oídos y ponía un bello y desconsolado retrato en su memoria, que las sombras del galpón no le habían dejado advertir a tiempo. Don Dalmo -y quién sabe quienes más- había disparado de inmediato y él solo había atinado a arrojarse al suelo y rodar por detrás de los bidones y damajuanas mientras el grito de María traducía los peores presagios.”

———————————–

A pesar de los repiqueteos sordos de sus pasos en el lodo y la lejanía de los mastines, la paranoia de quien más sabe de su infranqueable culpa  que de la implacable persecución, lo aturdía y empujaba con la fuerza de la desesperación, observando poco a sus espaldas y no más que de reojo.

Enseguida arribó al monte, que por encima del barro adherido a sus prendas que el calor húmedo hacía nauseabundo, imaginó fresco y preservador. Apenas penetró en un marañoso tacuapisal, jadeante trepó un quiebre rojizo plagado de boquetes de alimañas y enfiló orillando un angosto cauce que a los pocos metros se ofreció vertiente transparente…

Hundió la cabeza y las manos hasta que el alivio se tornó casi placidez, aunque su sofocamiento y aflicción irguieron y volvieron rápido su cabeza, entreviendo acuosos los árboles a contraluz del cielo soleado. Nada movedizo parecía inquietar la subyugante postal de la mitad del temor… Recordó la otra mitad del alejamiento y libertad en dirección contraria y hacia ella se internó con renovados brincos, zigzagueando entre el escabroso terreno selvático.

———————————–

“-¡Allá va!.. ¡Por el plantío de abajo!..-  Recordó que había oído voces iracundas entre las que había reconocido la de Samuel, cuyos celos enfermizos seguro lo llevaron a develarle el secreto al patrón…  Un impulso animal y la fatalidad lo habían colocado de huída en las cercanías del caserío de chacra y la certeza de su amor muerto lo desvió a la casa donde la bronca se descargó en esa lumbre incendiaria cuyo arrepentimiento se le acrecentaba ahora a cada minuto. Sin saber si Amanda o los hijos estaban, había sentido el detestable sabor de la venganza cuando las llamas se enroscaron rápido por las tablas, como retorciendo el viejo odio contra su rival de siempre que ya le había arrebatado su primer pretendida.”

—————————————-

Embotado por la fatiga no sentía los extensos rasguños en sus brazos ni los golpes en sus pies y rodillas, que seguían abriendo paso incesantes entre la agresiva fronda subtropical. Parecía seguir alejando los gritos y ladridos tras de sí, aunque temía que sus vencidos sentidos le jugaran una mala pasada…

Corrió un centenar de metros más mientras las entreluces del follaje desnudaban la testarudez del mediodía, hasta detenerse al pié de un cedro robusto cuya corteza aplanada de un lado le ofreció respaldo.

————————————–

“¿Porqué no la había convencido antes para escapar juntos?… ¿No había sido acaso obvia su desenfrenada pasión? -Peligrosa y advertida cuanto más pasaban los días y los encuentros furtivos ya sin escenarios se habían hecho más frecuentes-, dilucidó con los ojos cerrados pero sin sujetar aún el aire frenético en su pecho. Lamentó la parálisis en que solía sumir el puro amor a sus esclavos y la locura postrera de sus víctimas…

María lloraba seguido y adivinarlo en su rostro no habrá sido difícil, como tampoco su propia cara de preocupación habrá escapado a la desconfianza de Don Dalmo o de la misma cuadrilla en cada desmalezada.”

—————————————

El primer escape lo había bendecido con el pronto anochecer, que vuelto noche oscura lo ayudó a burlar a sus rastreadores. ¿Cómo saldría de esta, a plena luz del día y con el acostumbrado cerrojo entre la paisanada y los milicos cerrándose rápidamente en torno suyo?…

Lanzó a un costado el resto de raíces de tacuapí que ya no masticaría a pesar del hambre punzante y se levantó pesadamente diciéndose a sí mismo, como buscando convicción, que iría hasta El Pocito, porque en Mineral había un destacamento y lo pescarían tan fácil como casi ocurriera esa mañana en el pueblo.

El eco opaco de sus pasos transmitía cada vez más desaceleraciones, manifestando sus dedos sanguinolentos dentro de las alpargatas rotas y sus fibras cercanas a los calambres.

Un maizal grande en el cerril sector sur de la aldea lo llevó de rastras hasta el pinar, cuya blanda grava y libre extensión aplacaron su andar renqueante, mientras el brillo diurno comenzaba a declinar en esperada complicidad.

El  montecillo bajo le trajo pitangas y frutos aún verdosos de guembé ya cuando morían los últimos resplandores y el agua turbia del río refrescaron su garganta entumecida. Las voces y ruidos se habían apagado casi por completo y una guarida bien resguardada acogió su cuerpo que se desplomaba maquinalmente…

_ _ _

Cuando los primeros gallos practicaron sus desentonos, una ventisca húmeda combatió los débiles rayos de la aurora. Él se incorporó como de rutina pero un sudor copioso cubría su torso y su frente y un cansancio impensado le dificultó moverse.

El crujido del catre al incorporarse delató vacío y no necesitó volverse para situar a su compañera con su mente. Tras el dintel algo bajo que lo obligaba hace tantos años a agacharse un poco ya divisó el fuego y detrás de la pava una sonrisa grande le mostró sus dientes grandes  y sus ojos hermosos.

El ardor en sus antebrazos señalizaba varios acometimientos y sus muslos desfallecidos arrastraban unos pies que casi no reconoció como suyos por las extrañas llagas…   

-Buen día. No dormiste bien,  parece…- , susurró María extendiendo un espumoso mate caliente.

-Un mal sueño nomás…- , espetó Ramiro mientras terminaba de sentar su huesuda y ojerosa figura en el asiento ahuecado de cedro… -Sólo un mal sueño, María.-

Ella sonrió secretamente mientras ensayaba macerar unas bolas de harina en la olla de hierro, atrapando con cada rítmico gesto la hipnótica confusión del hombre que platicó menos que lo acostumbrado esa mañana.

Afuera la brisa sopló más pesada acompañando unos acechantes nubarrones que venían desde el norte con apuro, vaticinando un aguacero de pesadilla cuando se hundiera la luna que aún porfiaba poco visible en el poniente misionero, rojizo y gris.

Apenas reparó en las alpargatas más desgarradas y mugrientas que completaron su ropaje para la fajina, con la presión de la tardanza en sus desvariados ojos y en su andar raudo atravesando el corredor…

El beso breve dejó sin embargo un gusto tibio y especial en su boca, sacándolo solo un instante de su sombría somnolencia.

Cuando ya sus pasos zancudos bordeaban el recodo del caserío de chacra y las primeras gotas golpeaban su rostro queriendo despertarlo, tanteó la canana y se paró en seco como si nunca hubiera salido sin el revólver. Volteó de inmediato y su dificultosa carrera acompañó los sórdidos truenos que antecedían cada relámpago que latigueaba intimidante como una abominación sobre su sombrero.

Casi no pudo divisar la morada entre la tempestuosa precipitación y no alcanzó a posar los pies tras el portón cuando escuchó el pavoroso estruendo…

Retumbó en sus sienes larga, dolorosamente, empequeñeciendo la furia de la tronada mientras hincaba sus enjutas rodillas como cuchillos en el lodo más atroz de sus infiernos interiores.

 -“¿Porqué, María?.. ¿Porqué?”..- La pregunta retumbaba una y otra vez como estampidas de la conciencia, buscando en vano recordar la expresión de su mirada en el reciente beso del adiós.

Merni.
Enero 2005.

El Augurio

Publicado el 31/05/2009
por Leonor Kuhn

Aletargado por las horas de reclusión y penumbra estiró los brazos casi fingiendo desperezarse. Sus músculos no reaccionaban al pedido y los bostezos tampoco llegaron como cuando el descanso es bueno…

Las ligeras fisuras entre el cortinado roto resplandecían marcando una mañana avanzada y el latir callejero parecía acercarse paulatinamente a medida que sus sentidos despertaban desordenada y evasivamente.

 

 Buscando incorporarse, un agudo dolor en la espalda, entre la espina y el omóplato, comenzó a retorcer su memoria. Un repentino abrir de ojos mostró destellos viperinos tras las pupilas aún poco dilatadas para escudriñar las sombras entre los sucios rincones del paradero. Ojos y recuerdo febril combinaron como resorte y la velocidad desencadenó incómodas piruetas mal vistiendo y posándolo en unos segundos en un patio interior, piso y medio debajo de la guardilla del mal sueño…

Saltó las dos hiladas de alambre linderas de los patios encontrados y un par de ladridos echaron al ruedo la misma angustia que exhalara en caliente aliento por casi tres horas la madrugada anterior, cuando en dos oportunidades fuera descubierto y casi aprehendido.

Rodeó un bienoliente guayabal agazapándose para evitar las ramas bajas y luchando contra los dolores, enfilando velozmente tras la cerca de troncos podridos hacia el bajadón que lo metió de improviso entre las ruidosas y secas bananas de oro y después en el bañado…

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“-¿Estás sola?.. – la pregunta sonaba aún en sus oídos y ponía un bello y desconsolado retrato en su memoria, que las sombras del galpón no le habían dejado advertir a tiempo. Don Dalmo -y quién sabe quienes más- había disparado de inmediato y él solo había atinado a arrojarse al suelo y rodar por detrás de los bidones y damajuanas mientras el grito de María traducía los peores presagios.”

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A pesar de los repiqueteos sordos de sus pasos en el lodo y la lejanía de los mastines, la paranoia de quien más sabe de su infranqueable culpa  que de la implacable persecución, lo aturdía y empujaba con la fuerza de la desesperación, observando poco a sus espaldas y no más que de reojo.

Enseguida arribó al monte, que por encima del barro adherido a sus prendas que el calor húmedo hacía nauseabundo, imaginó fresco y preservador. Apenas penetró en un marañoso tacuapisal, jadeante trepó un quiebre rojizo plagado de boquetes de alimañas y enfiló orillando un angosto cauce que a los pocos metros se ofreció vertiente transparente…

Hundió la cabeza y las manos hasta que el alivio se tornó casi placidez, aunque su sofocamiento y aflicción irguieron y volvieron rápido su cabeza, entreviendo acuosos los árboles a contraluz del cielo soleado. Nada movedizo parecía inquietar la subyugante postal de la mitad del temor… Recordó la otra mitad del alejamiento y libertad en dirección contraria y hacia ella se internó con renovados brincos, zigzagueando entre el escabroso terreno selvático.

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“-¡Allá va!.. ¡Por el plantío de abajo!..-  Recordó que había oído voces iracundas entre las que había reconocido la de Samuel, cuyos celos enfermizos seguro lo llevaron a develarle el secreto al patrón…  Un impulso animal y la fatalidad lo habían colocado de huída en las cercanías del caserío de chacra y la certeza de su amor muerto lo desvió a la casa donde la bronca se descargó en esa lumbre incendiaria cuyo arrepentimiento se le acrecentaba ahora a cada minuto. Sin saber si Amanda o los hijos estaban, había sentido el detestable sabor de la venganza cuando las llamas se enroscaron rápido por las tablas, como retorciendo el viejo odio contra su rival de siempre que ya le había arrebatado su primer pretendida.”

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Embotado por la fatiga no sentía los extensos rasguños en sus brazos ni los golpes en sus pies y rodillas, que seguían abriendo paso incesantes entre la agresiva fronda subtropical. Parecía seguir alejando los gritos y ladridos tras de sí, aunque temía que sus vencidos sentidos le jugaran una mala pasada…

Corrió un centenar de metros más mientras las entreluces del follaje desnudaban la testarudez del mediodía, hasta detenerse al pié de un cedro robusto cuya corteza aplanada de un lado le ofreció respaldo.

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“¿Porqué no la había convencido antes para escapar juntos?… ¿No había sido acaso obvia su desenfrenada pasión? -Peligrosa y advertida cuanto más pasaban los días y los encuentros furtivos ya sin escenarios se habían hecho más frecuentes-, dilucidó con los ojos cerrados pero sin sujetar aún el aire frenético en su pecho. Lamentó la parálisis en que solía sumir el puro amor a sus esclavos y la locura postrera de sus víctimas…

María lloraba seguido y adivinarlo en su rostro no habrá sido difícil, como tampoco su propia cara de preocupación habrá escapado a la desconfianza de Don Dalmo o de la misma cuadrilla en cada desmalezada.”

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El primer escape lo había bendecido con el pronto anochecer, que vuelto noche oscura lo ayudó a burlar a sus rastreadores. ¿Cómo saldría de esta, a plena luz del día y con el acostumbrado cerrojo entre la paisanada y los milicos cerrándose rápidamente en torno suyo?…

Lanzó a un costado el resto de raíces de tacuapí que ya no masticaría a pesar del hambre punzante y se levantó pesadamente diciéndose a sí mismo, como buscando convicción, que iría hasta El Pocito, porque en Mineral había un destacamento y lo pescarían tan fácil como casi ocurriera esa mañana en el pueblo.

El eco opaco de sus pasos transmitía cada vez más desaceleraciones, manifestando sus dedos sanguinolentos dentro de las alpargatas rotas y sus fibras cercanas a los calambres.

Un maizal grande en el cerril sector sur de la aldea lo llevó de rastras hasta el pinar, cuya blanda grava y libre extensión aplacaron su andar renqueante, mientras el brillo diurno comenzaba a declinar en esperada complicidad.

El  montecillo bajo le trajo pitangas y frutos aún verdosos de guembé ya cuando morían los últimos resplandores y el agua turbia del río refrescaron su garganta entumecida. Las voces y ruidos se habían apagado casi por completo y una guarida bien resguardada acogió su cuerpo que se desplomaba maquinalmente…

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Cuando los primeros gallos practicaron sus desentonos, una ventisca húmeda combatió los débiles rayos de la aurora. Él se incorporó como de rutina pero un sudor copioso cubría su torso y su frente y un cansancio impensado le dificultó moverse.

El crujido del catre al incorporarse delató vacío y no necesitó volverse para situar a su compañera con su mente. Tras el dintel algo bajo que lo obligaba hace tantos años a agacharse un poco ya divisó el fuego y detrás de la pava una sonrisa grande le mostró sus dientes grandes  y sus ojos hermosos.

El ardor en sus antebrazos señalizaba varios acometimientos y sus muslos desfallecidos arrastraban unos pies que casi no reconoció como suyos por las extrañas llagas…   

-Buen día. No dormiste bien,  parece…- , susurró María extendiendo un espumoso mate caliente.

-Un mal sueño nomás…- , espetó Ramiro mientras terminaba de sentar su huesuda y ojerosa figura en el asiento ahuecado de cedro… -Sólo un mal sueño, María.-

Ella sonrió secretamente mientras ensayaba macerar unas bolas de harina en la olla de hierro, atrapando con cada rítmico gesto la hipnótica confusión del hombre que platicó menos que lo acostumbrado esa mañana.

Afuera la brisa sopló más pesada acompañando unos acechantes nubarrones que venían desde el norte con apuro, vaticinando un aguacero de pesadilla cuando se hundiera la luna que aún porfiaba poco visible en el poniente misionero, rojizo y gris.

Apenas reparó en las alpargatas más desgarradas y mugrientas que completaron su ropaje para la fajina, con la presión de la tardanza en sus desvariados ojos y en su andar raudo atravesando el corredor…

El beso breve dejó sin embargo un gusto tibio y especial en su boca, sacándolo solo un instante de su sombría somnolencia.

Cuando ya sus pasos zancudos bordeaban el recodo del caserío de chacra y las primeras gotas golpeaban su rostro queriendo despertarlo, tanteó la canana y se paró en seco como si nunca hubiera salido sin el revólver. Volteó de inmediato y su dificultosa carrera acompañó los sórdidos truenos que antecedían cada relámpago que latigueaba intimidante como una abominación sobre su sombrero.

Casi no pudo divisar la morada entre la tempestuosa precipitación y no alcanzó a posar los pies tras el portón cuando escuchó el pavoroso estruendo…

Retumbó en sus sienes larga, dolorosamente, empequeñeciendo la furia de la tronada mientras hincaba sus enjutas rodillas como cuchillos en el lodo más atroz de sus infiernos interiores.

 -“¿Porqué, María?.. ¿Porqué?”..- La pregunta retumbaba una y otra vez como estampidas de la conciencia, buscando en vano recordar la expresión de su mirada en el reciente beso del adiós.

Merni.
Enero 2005.

- Somos Puerto Rico 2011 -

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