14 de Mayo independencia de Paraguay

Publicado el 13/05/2017
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En nuestra ciudad y zonas vecinas se instalaron centeneres de familias paraguayas a lo largo de nuestra historia casi centenaria. Aún antes de la etapa fundacional de la colonia ya había obrajeros paraguayos trabajando en estas tierras.

Sus aportes al desarrollo socioeconómico y cultural son innegables y contribuyen a la formación de nuestro perfil multiétnico actual. Somos Puerto Rico  celebra junto a nuestros inmigrantes paraguayos y sus descendientes la magna fecha que en este día se conmemora.

Como homenaje a todos ellos compartimos la historia de un vecino paraguayo de destacada actuación en nuestro medio:

Don Silvio Aquino

Amigo de los colonos

A mediados de la década de 1960, llega a Puerto Rico una de tantas familias paraguayas con la esperanza de un nuevo horizonte de paz y progreso. Progreso que efectivamente supo conquistar Don Silvio Aquino, conocido y recordado especialmente al frente de la Agencia de  Extención del INTA en nuestra ciudad.

Nació en  Acahay, Departamento de Paraguarí, Paraguay, un 31 de julio de 1923. Sus recuerdos muy claros de una infancia intensamente vivida en contacto con la naturaleza prístina de su amado Acahay pintan un maravilloso paisaje que nos transporta con la imaginación: “En mi zona hay un cerro del mismo nombre que el pueblo,  uno de los más altos de Paraguay. Del lado del pueblo se podía subir a pie hasta la cumbre, pero del otro lado era inaccesible. Allí había un monte natural de ivapurú, una fruta que sale por todo el tallo (yabuticaba). Nosotros vivíamos en un ángulo formado por dos arroyos: El arroyo Verde y el Itapitacuá. Lindos, de agua limpia y cristalina, rodeados de monte donde teníamos un piquete de 30 hectáreas que papá hizo alambrar.”

No es de extrañar entonces el amor y el conocimiento sobre plantas y animales que desde chico se fue desarrollando en Don Aquino,  que después lo inclinaría hacia esa dirección.

 “En  el potrero de casa paraban los troperos que eran los que conducían el ganado vacuno para los carniceros. Esos pobres  se iban a caballo y a veces les agarraba lluvia en el camino, se mojaban todo y  papá hizo un galpón exclusivamente para ellos;  y una piecita al costado. En la parte abierta cuando llegaban los troperos siempre  había leña. Papá era muy bueno con el hacha y ahí llegaban, hacían el fuego, su mate, cocinaban y  dormían. Después papá hizo esos catres tramados con cuero, no se conocía las carpas como se usa hoy en día. En casa paraba toda esa gente que era  muy buena. También estaba  el acopiador que le decíamos” itapucú”,  un señor enorme,  alzaba a los chicos en el caballo  y ahí en el piquete nomás  sacaba su maleta y sobre el recado contaba su plata,  nunca pasó nada. Gente de palabra era.”

Con gran admiración y respeto hacia los docentes, recuerda su tránsito por la escuela: “Hice la escuela primaria hasta 5° grado, me iba 1 km y medio más o menos hasta el pueblo. Teníamos una escuela muy buena. Yo siempre  rindo mi admiración a esa directora que teníamos ¡muy buena! En 4° y 5° grado mi maestra fue una señorita chiquita pero profesora normal, era una maravilla para enseñar.

Papá trabajaba de gerente en el negocio de un turco que era acopiador de los “frutos del país”, tenía muchísima plata porque mi pueblo era muy agrícola. Esa casa compraba tabaco, algodón, maíz, almidón, poroto, ¡lo que raye!  Papá era contador, y ese turco árabe tenía su casa en Asunción,  donde vivía su señora e hijos donde fui a quedar  para continuar estudios. Yo era el de los mandados. A todas partes me iba y volvía rápido rindiendo hasta el último centavo. Me querían mucho.

En realidad mis padres me mandaron a Asunción para hacer la secundaria en el Colegio Nacional. Pero cuando fue la señora a anotarme, no había más lugar. Como se sintió responsable de no haberse apurado con el trámite, me anotó en el Colegio San José, haciéndose cargo de las cuotas.

El San José es palabra mayor. Yo hasta ahora me acuerdo de los que fueron mis profesores. Hace poco tiempo se jubiló un cura que se llama Alonso Banderas, era doctor en Gramática Castellana,  vino de España, y él era nuestro profesor. Yo en el 39/ 40 hice primero y segundo curso.

 En el 1941 presté mi servicio militar obligatorio, un año nomás porque era estudiante. Cuando me presenté al distrito militar n° 18 de Kití,  tenía un jefe  que  se llamaba David Laguardia, era un lisiado de la Guerra del Chaco. La Guerra del Chaco había terminado recién en Paraguay, mucha gente quedó, algunos paralíticos, otros muertos. Los que quedaron mutilados seguían luchando.

El jefe me dijo “usted me viene como anillo al dedo”. Yo necesito un muchacho que me haga las inscripciones de los reclutas. Te voy a mandar a Acahay, a tu casa y te venís al cuartel todas las mañanas.”

Cuando terminó el servicio militar en su pueblo se trasladó a San Lorenzo, a la Escuela Nacional de Agronomía “Mariscal Estigarribia”. En ese tiempo no había Facultad de Agronomía en Paraguay, pero esta escuela tenía un programa de alta calidad académica con un plantel de docentes, casi todos ingenieros, que brindaba una base sólida a los futuros agrónomos.

“Para los exámenes finales ¡había que estudiar! No es como ahora que los estudiantes se arreglan con fotocopias e información que bajan de internet, imprimen y listo. Nosotros elaborábamos nuestros apuntes. Yo era el encargado de copiar Álgebra y Trigonometría. Cuando llegaba el examen pedíamos a la dirección que nos considere las clases, de día y de noche estudiábamos para el examen.

En 1946  me recibí y enseguida hicimos un cursillo de 4 meses   en el Instituto Agronómico de Caá Cupé, teórico y práctico, para la formación de agentes de extensión rural para el CAD A (similar al INTA nuestro).En ese lugar se hacían ensayos experimentales de cultivos. Yo estuve un tiempo ahí para hacer pasantía. En aquel tiempo, cosa que admiro mucho ahora, las enseñanzas profesionales eran teórico prácticos. Uno tenía que ensuciarse las manos.”

Once años después, mi escuela pasó a ser la Facultad de Agronomía .El  Instituto Nacional de Agronomía  fue creado por el gobierno y apoyado por el servicio técnico Interamericano de Cooperación Agrícola (ICA). A caballo vinieron de Caazapá dos días de viaje, a  invitarme para ir a la nueva facultad, pero yo ya no vivía en Asunción, estaba casado, ya tenía hijos y trabajo.”

 Se recibió de Agente de Extensión Rural  y de inmediato  inicia su vida laboral. Bien pronto supo ganarse la confianza de sus superiores: “los jefes me apreciaban porque  tenía una capacidad especial para conversar con los campesinos. Mi papá era maestro de escuela, y él me enseñó mucho para tratar con la gente.”

Trabajé y después vino la política, lamentablemente. Mi papá era liberal, y cuando no le parecían bien las cosas lo decía. Yo nunca me metí en política, sólo me interesaba mi trabajo, pero igual, con esos antecedentes familiares, las cosas se complicaron y decidimos buscar nuevos horizontes en Argentina. A mí me dolió mucho tener que dejar  Paraguay.

Llegamos a  Posadas con algo de plata y armé un ranchito en el barrio Tacurú, y empecé a buscar trabajo. Para entrar al  INTA  un amigo me presentó al entonces director,  el ingeniero agrónomo Santiago Ricardo Laserre,  un francés, casado con  una francesa también y los dos hicieron prácticamente el INTA en Misiones. Él estaba instalado en la Estación Experimental del INTA en Cerro Azul.  Fui citado  un lunes a la 1 de la tarde, en el Zaimán, una institución también del INTA. Llevé todos los papeles que tenía y me aceptó de inmediato. Tenía la ventaja  de hablar en guaraní.”

Después de trabajar y aprende varios años junto al ingeniero Laserre,  Don Aquino se inscribe en  1969  en el concurso para ocupar la jefatura de la Agencia de Extensión Rural  Puerto Rico del INTA. Se presentaron muchos,  yo tenía un poco de miedo por los títulos universitarios, hay gente de mucha capacidad y el director Laserre me dijo: Aquino no se preocupe, el que va a decidir soy yo,  yo a usted lo conozco.”

Así fue que aparece Don Aquino en nuestra ciudad,  en ese momento con la misión de mejorar  la calidad y productividad del tabaco “Criollo Misionero”, especialmente para los pequeños productores.

Con su don de gentes y carácter afable, muy pronto tuvo una buena aceptación con los colonos. “Nuestros colonos son muy buena gente, pero son muy cerrados, desconfiados”, comenta.

Lo que más le gustaba era visitar las chacras y conversar con la gente, brindando todo tipo de asesoramiento, fruto de su gran experiencia.  Su trabajo de oficina consistía básicamente en organizar las carpetas para las solicitudes de créditos para el cultivo de tabaco. En ese aspecto, supo lograr la captación de numerosos créditos para pequeños productores.

También tuvo un rol importante en la experimentación del cultivo de mandioca para la Cooperativa Agrícola Industrial San Alberto, haciéndose cargo del control de una plantación de 10 variedades de mandioca, donde al cabo de cuatro años elevó un detallado informe con la  descripción de cada variedad, sus características y rendimiento. Con esa información, los directivos de CAISA, pudieron decidir qué variedades de mandioca  recomendar a los socios.

Don Silvio Aquino no sólo se dedicaba a su trabajo específico, sino que colaboraba como ciudadano en otras instituciones en beneficio del desarrollo de la zona. Por ejemplo, integró el Consejo de la Cooperativa Aguas Puras, de los primeros tiempos en la función de secretario de actas. De esa época  rescata el recuerdo del Sr. Juan Martín Tadín. “Tenía un conocimiento muy vasto y  fuerte de la importancia del agua potabilizada para una ciudad. Y el luchó mucho para que el proyecto se concrete. Recuerdo que un día varios de la comisión nos trasladamos a la Gendarmería donde había una pérdida de agua.   Formamos la fila ahí al lado de la Gendarmería y Don Tadín lo llevó al jefe  del brazo al patio donde  el agua estaba chorreando, y¡ hacía  tiempo! haciendo el reclamo de forma imperativa.”

Para entender el perfil sensible y humano de Don Aquino mencionamos las dos cosas que según él, fueron los que más dolor le causaron en la vida: Primero, la muerte de su hijo primogénito, de 19 años, que se había trasladado a Buenos Aires a trabajar y falleció al poco tiempo en un accidente.  Después, la pérdida de sus amados libros. Luego de jubilarse se trasladó un tiempo a Paraguay, dejando su casa del Barrio Mirador en alquiler. Esa casa sufrió un incendio, destrozando totalmente su biblioteca con verdaderos tesoros  científicos y literarios que con gran esfuerzo logró reunir a lo largo de su vida. Eran su fuente permanente de consulta o lectura placentera.

 Al momento de realizar la entrevista (agosto de  2012) cuenta con 89 años, casado hace 63 años con Doña Justina Sosa Reyes, oriunda de Itá, Paraguay, con la que tuvo 7 hijos.

Reconoce que fue muy grande el sufrimiento por el desarraigo, pero está profundamente agradecido a este país que le dio trabajo, posibilidades de crecimiento y hoy siente que su conducta marcada por la honradez y el respeto le devuelve como un boomerang el afecto y reconocimiento de la gente.

Entrevista: Stella Maris Guibaudo, Leonor kuhn. Agosto de 2012.

Redacción: Leonor Kuhn

 

 

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