Blanca Sosa de Sarasúa

La partida de Doña Blanca amerita recordar el aporte tan importante que dejó en nuestra comunidad, brindando a centenares de personas las herramientas para desenvolverse en tareas administrativas:

Blanca Sosa de Sarasúa

 Academia de Dactilografía

El tecleo incesante de las máquinas de escribir llenaba todos los rincones del local de la calle Paraná, a pasitos de la avenida San Martín, donde funcionó la primera Academia de Dactilografía de nuestra ciudad.    Imaginar ese martilleo nos lleva a otra época, cuando las computadoras eran aún proyectos ultra secretos de las superpotencias, y no parte de nuestra vida cotidiana. Tiempos en que la formación integral de los jóvenes incluía la habilidad de escribir a máquina, sin mirar el teclado y a una velocidad aceptable.

Evocar ese tiempo nos lleva derecho a la figura de una dama distinguida, de mucho carácter, tenaz y decidida  a que aun las manos y dedos más torpes irían a dominar a fuerza de repetición y disciplina,  los misterios de la dactilografía.

Blanca Sosa nació en Puerto Mineral y siendo pequeña sus padres se mudaron a Santo Tomé, Corrientes donde  fue anotada en el  Registro Civil. Su padre Ramón Sosa, era carnicero y tropero, que guiaba  el ganado desde Corrientes por las picadas del monte hacia distintos puntos del   interior de Misiones. Cuando Blanca  tuvo edad suficiente, su padre la internó como pupila en el colegio San Alberto Magno de Puerto Rico, donde culminó su escolaridad primaria. De esa época evoca algunos nombres de  compañeras y sus travesuras “yo era retobada” comenta, que generaban respuestas severas de las Hermanas. De su vida como interna recuerda que le encantaba salir a comprar pan, tarea que hacían en grupo yendo a la panadería “Bair” con grandes canastones.

En 1956, comenzó la escuela secundaria en el Colegio Nacional de Posadas. Luego ingresó al Liceo Profesional CIMA de la ciudad de Corrientes, especializado en  diversas disciplinas contables. Allí obtuvo los títulos de Contador Práctico, Taquígrafa y Dactilógrafa, con altas calificaciones, tal es así que al segundo año ya enseñaba en el Liceo.

Después de los 4 años de estudio en el mencionado Liceo, emprende su formación de enfermera en el Hospital de Corrientes. Cuando regresa a nuestra zona (Puerto Mineral) trabaja un año en el Hospital de Puerto Rico que en ese entonces, dirigido por el Dr. Vaas, era apenas un humilde dispensario. De allí fue derivada a la sala de Primeros Auxilios en la colonia Luján, prestando servicios a los inmigrantes japoneses. Lógicamente la dificultad más grande fue el idioma, pero por suerte, había una traductora, una chica de ascendencia japonesa nacida en Buenos Aires, que allanó las dificultades en la comunicación.

La estancia en la colonia Luján fue el ardid del destino para conocer al que luego sería su esposo: “A 500 metros de donde trabajábamos pasaba la ruta y a veces llovía y no venía el colectivo. En una oportunidad así, paramos un camión que nos llevó hasta Puerto Rico. El camionero era Miguel Sarasúa, ahí empezó la historia. A los dos años de conocernos, nos casamos. Durante muchos años don Miguel Sarasúa fue muy conocido en nuestro medio como transportista de YPF llevando combustible desde Barranqueras, Chaco, a distintos puntos de nuestra provincia.

La academia

Con la gracia y espontaneidad como se expresa doña Blanca, relata el comienzo de su actividad como docente en nuestra ciudad: “Me fui a la Municipalidad a inscribirme para  pagar los impuestos. Y salió el intendente Efren Rauber y dijo: primera vez que hay algo para el pueblo que sirve, porque si no es bar, es quilombo”.

Esta oferta de formación despertó mucho interés en la población. Si bien es cierto, que ya las Hermanas del Colegio San Alberto Magno habían introducido un curso de “Secretariado Comercial” (Década de 1950), donde la Dactilografía era una materia central, el mismo estaba limitado únicamente para señoritas.                                 También el secundario de Perito Mercantil del ISAM preparaba a sus alumnos en el manejo de máquinas de escribir, pero a nivel general, la Academia de doña Blanca fue la primera específica destinada a cubrir las necesidades más variadas de formación.

Pronto se armaron grupos de interesados, por ejemplo, la empresa Papel Misionero mandaba a su personal a capacitarse en 10 días de clases intensivas, para el área administrativa. Los días sábado daba clases de apoyo a los alumnos del secundario,  rezagados en la materia.

Blanca Sosa, permanece en la memoria de sus ex alumnos como una profesora exigente, estricta, apasionada por transmitir sus conocimientos buscando la manera de que el alumno/a aprenda como sea: “Yo insistía mucho en que aprendan sin mirar el teclado. No tapaba las teclas, simplemente, el que miraba, tenía que escribir 100 veces “no debo mirar las teclas cuando escribo” y con ese ejercicio aprendían o aprendían” Incluso sus hijos fueron sus alumnos, tratados con idéntico rigor y además debían abonar la cuota como cualquiera.

Tuvo muchísimos alumnos hoy reconocidos profesionales en distintos ámbitos de la ciudad. Recuerda con gran satisfacción a su mejor alumna, Bety Vier que superó en velocidad a su maestra, logrando el récord de 68 palabras por minuto.

Así pasaron 30 años de fructífera tarea,  hasta que en el año 2000 se impusieron cada vez más las nuevas tecnologías venidas del futuro que en poco tiempo aniquilarían con todo un mundo de  teclas plagadas de cintas de tinta roja y negra que recibían golpe a golpe la embestida de las palabras.

Entrevista: Leonor Kuhn y Stella Maris Guibaudo

Redacción: Leonor Kuhn

Nota publicada en la revista impresa Somos Puerto Rico en marzo de 2014

 

 

 

 

 

 

 

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