Homenaje a la Colectividad Paraguaya

Publicado el 14/05/2015

Hoy, día de la fiesta patria de nuestro vecino país, Paraguay y teniendo en cuenta  la gran cantidad de sangre paraguaya que fluye en los habitantes de nuestra ciudad, SPR rinde un sentido homenaje, a través de esta historia, de una ciudadana paraguaya, que vivió muchos años entre nosotros, dejando profundas huellas de solidaridad.

Doña Loly

Una vida hecha oración

Concejo 001

1º de septiembre de 2005. Mientras las últimas flores de lapacho tapizaban de rosa y amarillo las veredas de Puerto Rico, en la iglesia San Alberto Magno, repleta de gente, se celebraba una Misa sumamente especial. Era la despedida de doña Loly, fallecida esa misma madrugada en Posadas, quién de “cuerpo presente”,  recibía en  ese lugar tan significativo en su vida, el merecido homenaje y adiós de familiares, amigos y conocidos.

Esta historia tan singular tiene su inicio en San Pedro del Paraná, Paraguay, el 28 de marzo de 1925. Quedó huérfana de muy joven, pero la personalidad de su madre fue sin duda muy marcada, ya que constantemente se refería a ella, repetía sus enseñanzas y se las transmitía a sus hijos. Hasta hoy las hijas recuerdan los comentarios de doña Loly: “era una doctora, sabía curar todo tipo de enfermedades con medicinas naturales” Al respecto recuerdan una anécdota “… cuando mamá tenía nueve años, se le cayó un gajo de un árbol encima quedando medio cuerpo paralizado. La abuela le preparó remedios naturales y ella se recuperó totalmente en pocos meses, sin quedarle secuelas de ningún tipo, solo con yuyos la curó”.

Su madre también supo inculcar en ella una profunda fe en Dios que llevó a la práctica durante toda su vida. Es sorprendente escuchar el relato transmitido a las hijas y amigos de un suceso ocurrido durante su infancia, interpretado por ella, como un milagro: “cruzaba a caballo un arroyo. De pronto vino una gran correntada, el caballo se asustó y me tiró al agua. Fui arrastrada por la corriente, me sentí morir. Me encomendé a María y misteriosamente “alguien”, un “ángel” me salvó la vida.

Estudió magisterio y ejerció la docencia en su país. Se conoció con Juan Bareiro, un joven hijo de un estanciero de aquella zona, con el que formó su familia.

Años bravos de intolerancia política azotaron al Paraguay en las décadas del 40, 50 y más, por lo que muchos no tuvieron otra salida que escaparse hacia la Argentina, teniendo que abandonar sus propiedades, casas, pertenencias, familias… Los Bareiro no fueron la excepción. Es así que llegan a nuestro país en 1947. Don Juan consigue trabajo en un obraje de colonia Victoria. Aquí nacen sus hijas: Berna, Gladis, Celia. Una nena, fallecida, había nacido en Paraguay. Regresan un tiempo a su patria, pero ven que no mejoran las condiciones; se les hacía muy difícil trabajar y vivir en paz, por lo que deciden regresar, lo que acontece en 1956, y desde entonces se radican definitivamente en Puerto Rico. Aquí nacen los demás hijos: Manuela, Juan Carlos, Julio, Miguel y Carmen Beatriz. Comentan sus hijas que en realidad hubo 13 hijos, contando los bebés fallecidos.

Durante su permanencia en el obraje Victoria, la empresa le propone enseñar a los niños del lugar, y así doña Loly crea la primera escuela que años más tarde es re-fundada como escuela nacional.

Para radicarse de manera permanente, en Puerto Rico, compraron la casa de don Andino, ubicada en la calle Méjico: sencilla, espaciosa, tan grande como la generosidad de doña Loly, que no sólo albergaba a su numerosa familia sino que en muchas oportunidades cobijaba y daba de comer a los familiares de enfermos que venían de lejos al hospital, donde la mayoría de las veces no había lugar. Las enfermeras ya ni consultaban, daban por sentado que siempre había un lugarcito en la casa de doña Loly, y le enviaban las personas necesitadas. También en esa casa iban chicos de los alrededores a recibir apoyo escolar para las tareas. Ella, con firmeza pero con mucho amor les enseñaba, y no faltaban las ocasiones donde les invitaba chipa amasada o reviro.

En 1969, a pocos días de recibir el título de maestras, sus hijas Berna Gladis y Celia,  don Juan sufre una picadura de serpiente en Paraguay, donde por falta de medios y atención oportuna, no sobrelleva la situación y fallece al día siguiente, dejando a doña Loly, sola con nueve hijos a cargo, con la más chiquita de apenas dos años de edad.

Tiempos duros, de mucho sacrificio, siguieron para esta familia. Pero la firmeza de carácter sumado a la fe de doña Loly, fueron salvando uno a uno todos los obstáculos. Hacía maravillas con el escaso presupuesto, cultivaba una huerta, plantaba maíz, recuerdan las hijas que siempre tuvieron la producción más temprana de choclos en el vecindario. Durante mucho tiempo, iba a buscar leche a la colonia, a caballo, que luego los chicos distribuían a domicilio en las casas del centro. Una de ellas recuerda otra de las actividades que hacían para mantenerse: ”cuando iba a la secundaria, nos levantábamos muy temprano, mamá siempre se levantaba temprano, haga frío, calor, lluvia, verano, invierno, siempre se levantaba a las cinco de la mañana, y hacíamos empanadas para vender”

El día de su despedida en la iglesia, la bioquímica Griselda Oberti, su ahijada de confirmación, leyó un emotivo texto, que traza perfectamente el ser de doña Loly: “… Cada día entregaba su familia a Dios, pidiendo y agradeciendo por ellos.

Los tiempos importantes eran: oración personal, de intersección, lectura y meditación de la palabra de Dios, rezo del Santo Rosario.

Desde el amanecer hasta la noche, en cualquier lugar: en la casa, la huerta, con sus animales, con las plantas, los vecinos, amigos, la familia…cuando iba caminando por las calles…o iba a pie o a caballo a buscar y repartir la leche…rezaba, rezaba, cantaba, servía…amaba…

Se integró a la Iglesia, participando de la Legión de María, el grupo AMES, la Renovación Carismática de la que fue integrante de la Coordinadora Diocesana.

Recorría el pueblo casa por casa, llevando la imagen de María Santísima, compartiendo la palabra de Dios, rezando el Santo Rosario. Visitaba familias, ancianos, enfermos, necesitados…

Tenía también el carisma de la hospitalidad, ofreciendo una sombra, una silla, un vaso de agua fresca, unos mates…hasta un techo para pasar la noche, al que venía de lejos…””…Les cuento que ella, después de la primera operación que tuve, durante años, cada día, con  frío, calor, viento o lluvia me traía a casa y compartía su poca o mucha comida. Era riquísima, y la preparaba con mucho amor. Lo hacía sin ningún interés, ni esperaba recompensa…”

Como éste, muchos otros testimonios dan cuenta del respeto y admiración que provoca  su recuerdo entre los que la conocieron, que no fueron pocos. A unas semanas de su partida, la periodista Norma Traid le dedica un espacio en su programa “Ser Mujer”, del canal de TV. local, presentando una hermosa reseña de su vida, como homenaje y ejemplo a imitar.

Uno de los grandes logros, difíciles de entender, dadas las privaciones que debió sobrellevar esta mujer en su vida,  es el hecho que  sus hijos accedieron  a la educación secundaria, terciaria, y hasta universitaria, logrando los títulos que hoy los habilita a desempeñarse en diferentes profesiones.

Cuentan sus hijas, que en más de una oportunidad intentaron ofrecerle una mejor calidad de vida, ubicándola en viviendas más confortables, mejor equipadas, pero ella, finalmente decidía regresar a su antigua casa, grande y sencilla con su jardín, su huerta, donde había lugar  para su numerosa familia, alegre y festiva, que no dejaba pasar ningún evento para celebrar en su compañía.

Nunca dejó de trabajar y rezar. Siempre había alguien necesitado,  destinatario de sus oraciones. La gente del barrio la recuerda llevando la imagen de la Virgen María de casa en casa, liderando las oraciones y cantos. Tanta fe debió calar indudablemente en sus familiares. Una hermosa herencia, que adoptaron sus hijas, es reunirse una vez por semana y rezar el rosario.

Los últimos meses de vida, debió pasarlos en silla de ruedas; sin embargo, su carácter fuerte no se debilitó. Sus nietos coinciden que siempre cuando la visitaban, les aconsejaba y con amor, pero con firmeza, les advertía cuando se equivocaban.

Doña Loly ya pasó a la historia de Puerto Rico. Nunca firmó cheques, tampoco fue funcionaria, ni ostentó cargos. Pero su figura se agiganta en el recuerdo desde la sencillez, la grandeza de espíritu, la generosidad y la fe. Todos estos atributos perdurarán en la memoria de quienes la conocimos, y se proyectarán sin duda, a las generaciones venideras.

Texto elaborado en base a una entrevista realizada a sus hijas por Stella Maris Guibaudo y Leonor Kuhn el 16/05/07, y publicado en la revista Somos Puerto Rico nº 8.

 

 

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