Adiós a un vecino

Publicado el 20/05/2012

Se fue Don Werner Neumann, padre de Bernardo, el pintor que nos enorgullece como misioneros, y Emilio, el querido profe. En  la revista SPR n° 12 fue publicada su historia que compartimos en este medio a modo de reconocimiento:

Gringo montaraz

Werner Neumann

Tres hermanos entre ocho y doce años vuelven de la escuela, distante a 7 km. El camino es apenas un angosto sendero de tierra colorada con dos huellas de  carro, que atraviesa chacras y montes. En la mayoría del recorrido, monte de ambos lados. De pronto, un coro de gruñidos aterradores, los paraliza de miedo. Aparece una enorme piara de chanchos de monte (tatetos o pecaríes), centenares, se les atraviesan listos para el ataque. Rápidamente corren al primer árbol a su alcance y trepan con la fuerza que les imprime el instinto de supervivencia. Los chanchos de monte, quedan a la espera. Los niños, muertos de miedo y con hambre, esperan también. Pasan las horas hasta que finalmente las bestias se retiran a la espesura. Los chicos bajan del árbol y casi corriendo regresan a casa después de varias horas de angustia.

Esta anécdota real, tuvo lugar en Ñacanguazú, pequeño paraje a orillas del Paraná, en territorio misionero, aproximadamente en 1936, cuando el protagonista de esta historia,  un niño alto, rubio, de ojos muy azules transitaba sus primeros años de escuela y de estancia en nuestro país.

Werner Neumann nació en Bella Vista (Paraguay) el 9 de septiembre de 1929. Su padre  Ewald  Neumann era de Berlín (Alemania) y su mamá, Guillermina  Reckziegel, brasilera de origen alemán.

La familia decidió abandonar el Paraguay porque en aquellos tiempos de la  Guerra del Chaco, la situación era muy complicada. El ejército, cometía muchos atropellos a los colonos. La familia de sus vecinos más cercanos, fue brutalmente asesinada  al resistirse a entregar su única vaca lechera para ser faenada  para la tropa. Esto preocupó  muchísimo a don Neumann, que temía por la seguridad de los suyos. “Mi papá tenía miedo, mucho miedo, y quería demasiado a su familia”, comenta don Werner. Entonces organizó una rápida huida al otro lado, con su esposa y sus hijos, Lidia, Alfredo, Werner y Érica, cruzando en canoa el Paraná, abandonando todas sus pertenencias, llegando directamente al monte de Ñacanguazú donde había que volver a empezar todo. En Argentina, su nueva patria, nacieron Edwin y Frida.

De izq. a der: Érica, Lidia, Guillermina (madre), el pequeño Edwin, Ewald (papá), Alfredo y Werner. Año 1937. Foto archivo familia Neumann.

Después de un tiempo, la familia se muda a la colonia San Alberto, del Depto. Libertador Gral. S. Martín. Allí concurrió a la Escuela Nacional nº 222, recientemente inaugurada. Hoy todavía le despierta admiración el recuerdo de las maestras, las señoritas Dapper y Maidana que venían a caballo desde Puerto Rico. Él en particular, faltaba mucho, la gran distancia sumada a la necesidad de colaborar con las tareas de la chacra, jugaban en contra. Recuerda que los primeros bancos y mesas eran tablas rudimentarias clavadas sobre cepos (troncos), que él mismo ayudó a colocar.

Destaca la extremada rigidez de algunos maestros, cuya pedagogía indicaba que números y letras entraban a fuerza de castigo físico, especialmente con el puntero. Reconoce y nos comenta algunas “travesuras”. Por ejemplo, que el maestro, más tarde director,  vivía a pocos metros de la escuela, en una humilde casita de madera, separada por un estrecho sendero escoltado a ambos lados de una tupida vegetación de “escoba dura”, a pesar de estar tan cerca, llegaba tarde, mientras los alumnos lo esperaban urdiendo picardías. En una oportunidad el maestro se desparramó horizontalmente en el suelo, por enganchar los pies en los tallos de esos yuyos,  entretejidos a propósito. Como reconoció la intencionalidad del hecho, y para evitar futuras “trampas”, mandó a los mismos alumnos “machetear” prolijamente el camino. Pero la creatividad de los jovencitos, ávidos de venganza, como respuesta a los malos tratos, no tenía límites. Colocaron unos palitos con alambres finos, casi invisibles, y nuevamente  fue víctima de un aterrizaje sorpresivo.

Las familias radicadas en la colonia, de tanto en tanto, necesitaban trasladarse a Puerto Rico un incipiente centro urbano distante a unos 15 km., ya sea para ofrecer algún producto para la venta, o bien, comprar lo que no se producía en la esfera doméstica. Recuerda Werner, que en una oportunidad escaseaban la sal y la harina. Fueron hasta el negocio de ramos generales de Brandt, y no consiguieron. Se trasladaron al negocio de Fank, en las cercanías del puerto, y tampoco había. Pero don Francisco Fank, conmovido por esos casi niños que llegaban de tan lejos, llama a su señora: “Frau ¿tenés un poco de sal todavía? Voy a mirar, le responde. Acá vienen unos muchachitos y piden aunque sea un poquito de sal. Se va y trae más o menos el contenido de dos cucharitas. Harina no hay, les dice don Fank, vayan a lo de Schuster, otro almacén que quedaba en la barranca, un poco más cerca del puerto. Ahí conseguimos otro poquito de sal, unas cuatro cucharadas, pero harina, nada ¡ni para soñar! Y agrega: entonces hacíamos el pan con harina de maíz y mandioca molida.

Siendo todavía muy joven comenzó a trabajar como changarín en los trabajos más diversos. Colaboró con la apertura de la ruta nacional nº12 en esta zona, época en la que le pagaban $0,20 por día, hasta que se afirmó como abridor de picadas para la empresa Arriazu Moure y Garrazino, que en la década de 1940, comenzó con la avanzada de caminos y chacras en Garuhapé. De ese tiempo de trabajo en el monte del que supo conocer hasta los últimos secretos, tiene anécdotas y recuerdos que lo marcaron para siempre.

Él junto a otros obrajeros (la mayoría criollos) vivían en precarias chozas. “Ocupamos las chozas que los indios abandonaron, es una vergüenza decirlo, pero lo que es, es” explica don Werner; piso de tierra, con un catre, algunos enseres de cocina muy básicos, una muda de ropa, su machete, escopeta y una bolsita con cartuchos, mínimo inventario de una ruda vida montaraz.

Cierto día apenas amanecido se dirige con su compañero al lugar de trabajo. Las horas pasan a fuerza de empuñar hacha y machete, cortar árboles, limpiar gajos y ramas, apilar troncos, hasta que a las 4 de la tarde, hora en que las sombras del monte presagian el fin de jornada, los obrajeros vuelven a sus chozas para comer y descansar. Ellos también regresan y apenas cruzan el umbral del rancho, Werner advierte que alguien había estado ahí por un pequeño detalle: la olla  que había dejado debajo del catre, no estaba en la misma posición. Se lo comenta a su compañero que responde: – ¿Falta algo? ¿Será que robaron? –

Voy a ver– e inmediatamente se agacha y observa que la tapa de la olla estaba dada vuelta y tenía escrito un mensaje con un trozo de carbón:”perdóneme, estuve dos días perdido en el monte, tenía mucha hambre y me hice algo de comer. Gracias”

El improvisado huésped se había hecho un reviro con un puñado de harina, un poco de grasa y sal. Pero tuvo la delicadeza de dejar todo limpio y ordenado, así como lo encontró. Y don Neumann agrega a modo de reflexión: “hoy busque a alguien así”

En ese tiempo, la convivencia diaria con los obrajeros, le facilitó el aprendizaje del idioma guaraní, que en un tiempo, dominó mejor aún que el alemán, su lengua materna, según él mismo lo cuenta.

Mientras estaban abriendo la ruta nacional nº12, en Garuhapé, vivía cerca del arroyo, donde ahora se encuentra un establecimiento maderero. Compartía la habitación con un compañero de apellido Pauluk, mientras que el encargado del obraje llamado Emilio Haack vivía cerquita del puente viejo en una casita de madera, pero dormía arriba en un improvisado entrepiso, porque  tenía miedo a las víboras. Una noche, en el año 1942, después de semanas de lluvia torrencial, don Neumann se despierta para ir al baño y al levantarse ya está con los pies en el agua. Preocupado llama a su compañero y le dice ¿Y Emilio? ¡Vamos a ver que le pasa a Emilio! y buscan entre el agua el machete, cortan unos palos como guía, iluminados por los relámpagos en medio de la tormenta y van hasta la casita bajo la fuerte lluvia. Llaman varias veces: ¡Emiliooo! ¡Emiliooo! Hasta que respondió ¿qué hacen ustedes acá? – Rápido Emilio, levantate y salí por la ventana, el agua tranca la puerta, ¡rápido! Y recién entonces el hombre se dio cuenta de  la situación. Werner le pasó una tacuara larga, mientras Pauluk lo sujetaba a él. Casi no resisten la fuerte correntada del agua. El arroyo Garuhapé rugía embravecido. Apenas lograron sacar al hombre y cuando caminaron unos 20 metros hacia fuera, pero aún con los pies en el agua, escuchan un gran estrépito y entre el fulgor de los relámpagos ven cómo desaparece  la casa de madera de Emilio entre la turbulencia.

A los 20 años manejaba un camión “Canadá”,

por la ruta recién abierta. Un día, a la altura de la actual Colonia Luján, en medio del monte observa un coche Chevrolet negro, modelo 38,  estacionado. Adentro estaba una pareja con una nena de unos 11 o 12 años. Al pasar por allí se detiene y pregunta “¿Pasa algo? ¿Puedo ayudar? No, nada, le responden. Y sigue su recorrido unos 20km más adelante para cargar maderas. Al caer la tarde emprende un lento regreso con el camión cargado de troncos, manejando con la precaución que demandaba aquel camino de empinadas subidas y bajadas, una sola mano y con muchos pozos. Cual no sería su sorpresa, cuando ve exactamente en el mismo lugar, aquel coche negro y sus ocupantes que seguían al costado de la ruta. Se detiene otra vez ¿Y? ¿Qué pasa? Mi auto no anda más, le dice, ¿pero por qué no me dijo hoy? Tal vez podíamos haber solucionado el problema. A continuación, baja del camión, abre el capot del coche, mira y se da cuenta que  había un cable suelto en la bobina.  Lo enchufa y como el arranque estaba completamente desgastado de tantos intentos, le dice al viajero: “subí al auto y poné la tercera que yo te empujo”. No pasaron ni 20 metros cuando hizo contacto y arrancó. El sr. del auto pregunta por un hotel. “Acá no hay nada Imagínese, en Garuhapé no había más que cinco o seis ranchos. Entonces le recomendé el Hotel Suizo de Puerto Rico. ¿Y usted va ahí? Sí, no exactamente pero voy cerca. Entonces, vaya usted adelante que yo le sigo. Imagínese, con esa bruta carga, tenía que andar en primera baja con el camión, me dolían los brazos de tanto manejar el volante duro. Finalmente llegamos a Puerto Rico, hasta el aserradero de Leopoldo Brandt donde tenía que descargarr la madera. (Donde hoy se encuentra la clínica Vecchia) Entonces, se bajó del coche y le dice ¿me podés acompañar? Y allá va Werner trotando a la par de  la marcha del coche hasta el Hotel Suizo. Y el hombre pregunta ¿Cuánto le debo? Nada, señor. Nosotros acá estamos acostumbrados a ayudar uno al otro. Sí, pero a mi me dijeron… ¡Eso es pura mentira! Acá cualquiera que necesite, sea del color que sea, si necesita, se le da una mano. Y acto seguido, el viajero pone la mano en el bolsillo y le ofrece  $150.- (Era precisamente el sueldo que Werner ganaba en un mes) que fueron cortésmente rechazados.

San Alberto, era una colonia donde muchas familias de inmigrantes encontraron su oportunidad de desarrollo. Por ejemplo, estaba la familia de Emilio Yess, el carnicero del lugar, y una de sus hijas (Lisbeth) conquistó el corazón de Werner. Ella pasó su adolescencia en Buenos Aires, acompañando a una hermana que tenía el marido enfermo. De grande, se ve obligada a volver, ya que se había enfermado su mamá y alguien debía atender las múltiples actividades de un hogar numeroso. Confiesa que al principio le costó acostumbrarse a semejante cambio de ambiente, pero bien pronto  aprendió a desenvolverse en  todas las tareas de la chacra. Cuando recuerda aquellos tiempos de vida sencilla y pocas comodidades nos comenta cómo se trasladaban a Puerto Rico para ir al dentista: “había un solo dentista, Zamora, cuando había linda luna, salíamos a la madrugada y esperábamos sentadas en el murito de la casa de Bertoldo Vier,  hasta que abría el dentista y después a la tarde, cuando ya el sol no estaba tan fuerte volvíamos, todo caminando”.

Lisbeth y Werner tenían 20 y 23 años respectivamente cuando se casaron. Se radicaron en la misma colonia donde estaban las familias de sus padres y se dedicaron a cultivar  la tierra como habían aprendido.

Los fines de semana o en sus tiempos libres, Werner con sus hermanos o vecinos,  iba al monte a cazar.  Era muy común que regresaran con dos o tres antas, cuatro o cinco venados. En el monte ya carneaban y limpiaban los animales y repartían las piezas entre los cazadores y cada uno llevaba su parte. Cuando las presas eran abundantes, en la casa se carneaba un cerdo para mezclar las carnes y hacer chorizo. Para ello contaban con todas las instalaciones, como la casilla de ahumar, máquina picadora de carne y otros accesorios. También era aficionado a la pesca.

En 1953, nace su primer hijo, Bernardo Federico, actualmente famoso pintor cuyo arte trasciende las fronteras de nuestro país, ya que realizó exposiciones con mucho éxito en Europa y varios países Latinoamericanos. Cuando Bernardo estaba en edad de ir a la secundaria, y después de un tiempo de vivir en pensiones,  la familia decide mudarse a Puerto Rico, ya que era muy difícil  para el jovencito pasar toda la semana lejos del hogar.

Durante muchos años se dedicaron a trabajar  como comerciantes llevando adelante una despensa de barrio, cerca de la plaza 9 de Julio, lugar de residencia hasta el día de hoy.

En 1967 el destino les depara una sorpresa inesperada: el nacimiento de Manuel Emilio, que después de un parto complicado, se desarrolló sano y fuerte, pero sobre todo una persona de bien, que se desempeña como docente, muy querido y respetado.

Familia Neumann: Papá, mamá, Bernardo y Manuel Emilio. Foto gentileza Lito Neumann

Fueron pasando los años, y el desgaste de una vida tan ruda se hizo sentir. Werner enfermó, y durante casi dos años tuvo que guardar reposo. Para él, acostumbrado a un trajín permanente, quedarse quieto, representaba un gran sacrificio.

Hoy disfrutan de una vida sencilla, con sus variadas y hermosas plantas, sus artesanías, brindándose con una amabilidad poco común. Sus nietos Miqueas Manuel y Miguel Ángel son los herederos  de un gran tesoro: dos abuelos que  iluminan sus días con  afecto y buen ejemplo.

 Entrevista: Stella Maris Guibaudo y Leonor Kuhn

Texto: Leonor Kuhn

 

 

 

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