AL QUINTO DÍA

Publicado el 11/08/2011

Por Rosita Escalada Salvo

Se inclina sobre la piedra, blanca de jabón, para fregar las percudidas prendas, cuando siente la puntada en la espalda. Dolorosa, profunda y que le corta la respiración. Cree que se va a desmayar y se queda inmóvil, hasta que pase. Con temor inhala lentamente el aire frío de la mañana aún con niebla. Ya no hay punzaso, pero el dolor permanece.
Débiles rayos de sol, oblicuamente rayan la superficie del arroyo y poco a poco la cerrazón va desapareciendo. Sumerge manos y ropa en el agua helada y apura la tarea. Luego tuerce con cuidado, no vaya a ser que se rasgue la tela muy usada. Coloca todo en un tacho y lo acomoda en el ángulo de su cadera. Cuando inicia la caminata, otra vez

la falta de aire y la vista que se le nubla.
Por el trillo aparece uno de los perros, moviendo la cola. Ella apresura la marcha hasta llegar a la casa donde todavía hay silencio. Solo el mayor anda por ahí, meta honda a los pajaritos. Ya le dijo que no, que no haga eso, pero poco caso le hace.
En la cocina el fuego se ha apagado. Putea. Con lo que cuesta encenderlo, leña húmeda, escasez de fósforos. Gurí de mierda, no sirve ni para eso. Le recomendó que lo avivara. Tal vez si sopla con cuidado, debajo de la ceniza pueda haber una brasita. Cuando lo hace, por tercera vez, el dolor, intenso, desconocido.
El lloriqueo del más chico la distrae. Comienzan a levantarse uno a uno, restregando los ojos con sueño. Ella se incorpora y engancha la olla con poroto negro remojado desde la noche; menos mal, logró salvar el fuego.
Luego, la rutina, plaguear con la gurisada que no tiende ni su cama – colchón carcomido sobre el suelo y mantas desparramadas -. Ordena a una de las guainas que barra el patio, termina de vestir al más pequeño, reprende a otro que pelea con el hermano, y toma una azada para carpir los yuyos del maizal.
Pero no alcanza a hacerlo. Un mareo la hace aferrarse al tronco de un árbol. Embarazo no es. Esos síntomas los conoce bien, luego de ocho pariciones. Y su hombre hace ya tres meses que no viene.
Su hombre, el único que conoce, el que changuea por los yerbales, en la cosecha de tabaco o de naranjas. Hace diez años que están juntos. El levantó la casita de madera, con piso sobre pilotes, para que no suban los bichos, las alimañas. Al principio trabajaba en una chacra cercana y venía a dormir con ella todas las noches. Pero la propiedad fue comprada por señores que nunca vieron, para plantar pino; esa y todas las linderas. Menos la de su hombre, porque la tierra no servía, mucha piedra, dijeron. Menos mal. Y allí quedaron. Solo que entonces él, tuvo que buscar en otro lado, lejos. Pero siempre volvía. Siempre vuelve. Con harina, yerba, azúcar, grasa, fósforos y alcohol para desinfectar las picaduras. Y ropa para los gurises. Ropa buena, “ropa usa” dice él. Sí, usada se ve que es, pero qué importa. Todos recibían algo.

Atardece. La madre está acostada y tirita. Tiene frío y fiebre. Los chicos la miran sin saber qué hacer. Con voz débil ella ordena a la niña que haga un mate cocido, que les dé a sus hermanos. Y se hunde en un sopor.

Han pasado tres días. La madre no se mueve, no puede levantarse. Vomita, se queja quedamente. La niña hizo tortas fritas como pudo y con eso se han alimentado. Y frutas, que es invierno y hay naranjas, mandarinas. Arrancó una planta de mandioca, sacó la cáscara de las raíces, puso agua suficiente y esperó que hierva. Sus ocho años han madurado de pronto. Y hasta prepara un té de hojas de naranjo para la enferma.
El cielo ahora se ha encapotado con densas nubes negras. Va a llover y si llueve, no para en una semana.
Todos se apresuran a buscar agua del arroyo, para tomar, para cocinar. Le siguen en fila india los tres perros pulguientos y llenos de garrapatas. Que, menos mal, cazan cuises o comadrejas. Un trueno imprevisto los ensordece, seguido de un rayo que vaya a saber a dónde cayó. El pequeñín, de pasos aún vacilantes, se ha quedado atrás y llora desconsoladamente. Vuelve la niña, lo alza y con la otra mano sostiene una lata que en cada movimiento derrama un poco de líquido.
Apenas entran, se larga la tormenta.
La madre ha perdido la noción del día, de la noche, de lo que le rodea. No hay vecinos cerca. No hay médico ni hospital. Y con lluvia ¿quién se anima a salir? Hay un matungo que para algunos casos aún sirve.

Cuatro días y se acaba la harina. Queda yerba, algo de azúcar mojada y un poco de grasa. Mandioca sobra. Y al fuego hay que cuidarlo para que no se apague. Pero ¿de dónde traer leñita seca? Es tal la pesadumbre que los invade que ni hablan, y se entretienen en espulgar a los perros, jugar a la bolita, al capichuá, al veo-veo. Ninguno sabe leer ni escribir. No hay escuelas por los alrededores.

Al quinto día la madre abre los ojos. Tiene mucha sed y una debilidad extrema. El gurí tendrá que ir por ayuda. Que monte el caballo. Que vaya hasta el pueblo. Pueblo de mal recuerdo, para ella. La única vez que estuvo allí fue con su bebé en brazos, en el hospital. El pobrecito había nacido tan débil. Está desnutrido, le dijeron. Por qué esperó tanto, le dijeron. Se murió, le dijeron. Y con el bulto inerte regresó al monte, gracias al compadre que se apiadó de ambos y los trajo en camioneta. Pero el compadre se fue a vivir a otra provincia.

La lluvia ahora es llovizna y los cascos resbalan en el barro. Hasta el pueblo hay varios kilómetros y está oscureciendo. Tiene miedo de las poras, de los ruidos del monte. Quiere volver, pero sabe que no debe. Talonea al animal que en vano intenta apurar la marcha. Se da cuenta de que está llorando, que no es el agua de la lluvia, sino gruesas lágrimas las que se deslizan por su cara. Borrosamente entrevé un jinete que se le acerca. Otra vez un miedo terrible. Y la luz del atardecer gris que se va yendo. El caballo se detiene y el chico no atina a hacer nada.
Recuerda de pronto los cuentos de asombrados. Precisamente en el puente que debe cruzar, y a esa hora del final del día, se aparece la sombra de un hombre que cabalga un caballo negro. Es un difunto al que lo mataron y su alma vaga buscando al asesino. Quienes lo vieron, perdieron la razón. Envuelto en un poncho, nadie pudo describir su rostro. Y ahora viene a su encuentro, se agranda en el ocaso. Un frío le recorre la espalda y sus ojos de niño miran despavoridos. El terror lo inmoviliza. Debería escapar, pero no puede.

Cuando el hombre está apenas a unos metros, con un alivio infinito, con angustia y alegría, ve que es su padre. Y rompe a llorar con entrecortados sollozos.

 

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