Don Leocadio Wisner

Publicado el 28/01/2011

La  prestancia de un “buen traje”

Texto elaborado en base a la entrevista realizada en su domicilio por Stella Maris Guibaudo y Leonor Kuhn el 19/07/06

Diez de agosto del año 1946. Por el recodo del río,  se recortaba la silueta del barco de pasajeros “Cruz de Malta”, que remontando el Paraná llevaba mercaderías, correspondencia, pasajeros…En medio de la maniobra de rutina en el puerto, desembarca un joven mozo, elegante él, que junto a su equipaje además traía una mesa, un catre, un colchón de lana, mesa de planchar, plancha de hierro, máquina de coser a pedal y varios elementos más, afines a su profesión. Claro, era sastre, y nos referimos a Leocadio Wisner, que en ese momento viajaba procedente de Corpus, dispuesto a hacer “algo de plata”, ya que un paisano suyo, refiriéndose a Puerto Rico le comenta “lindo lugar para trabajar”.

Nació el 9 de diciembre de 1914, en  ÿpayeré, Paraguay, y según sus propias palabras desciende de un bisabuelo de “sangre distinguida”. Y no es para menos, ya que se trata del Coronel Wisner de Morgestern, militar e ingeniero austro-húngaro, que fuera contratado por Francisco Solano López para diseñar los planos de la moderna ciudad de Asunción, como también las vías férreas para unir esta ciudad con Buenos Aires. En relación a esto, don Leocadio vislumbra entre sus recuerdos un lugar que oyó nombrar muchas veces “Hierro Punta”, en Yety, donde presumiblemente terminaban aquellas vías.

A los 18 años fue reclutado como soldado, y comparte con tantos otros compatriotas contemporáneos suyos, la dramática experiencia de la guerra en el Chaco Paraguayo. A los 25 años consigue la baja del ejército y estudia el oficio de sastre en Asunción. Una profunda crisis política y económica se desató en el Paraguay de la post guerra. Muchos  no vieron más posibilidad que el desarraigo de su pobre tierra, y fue así que don Leocadio cruza a la Argentina, en Corpus donde reside dos años,  desempeñándose  en su profesión.

Al llegar a Puerto Rico, tuvo que trepar la empinada barranca en busca de alguien que transporte sus pertenencias,  hasta que dio con don Scheifler, que  hizo el flete con su camioncito.

Como la mayoría de los recién llegados al pueblo, se presentó en el bar y hotel “Suanno”, que era el punto neurálgico del lugar, emplazado en el nuevo “centro” en pleno proceso de consolidación. Funcionaba también como “terminal de ómnibus”, es decir, era el centro de toda  la información necesaria. Habló con don José María Suanno, el dueño del lugar que  acondicionó un salón al lado del hotel (sobre la actual avenida San Martín) donde instaló su primera sastrería. Recuerda con afecto el buen trato de don Suanno, que “me aguantó dos meses” hasta que recibió el primer pedido de telas de Buenos Aires.

Consultado sobre la manera de desenvolverse en la profesión, dijo que se manejaba con muestrarios de telas con excelentes tejidos como el “casimir inglés”, hacía los pedidos a comercios de Buenos Aires, que mandaban la mercadería por barco con el sistema de “contra reembolso”. Comenta que para confeccionar un traje compuesto de saco, pantalón y chaleco, demandaba 3 metros de tela y otros complementos para el forro y bolsillos. Los modelos de traje con mayor aceptación en ese tiempo eran el “saco pucú” (saco largo) y el saco mbyqü (saco corto) Todavía conserva uno de sus cuadernos donde apuntaba con la hermosa caligrafía de “los de antes”, los nombres y medidas de sus clientes. Otras reliquias que conserva son sobres impresos con los nombres y direcciones de las casas comerciales que le proveían de telas como Casa Ruybal S.R.L. de Santa Fe, Gaye & Cia  y Casa Galarraga S.R.L. de Buenos Aires. Con orgullo nos refiere que hizo el traje de casamiento, como tantos otros, de don José Kuhn, que fue una de las primeras bodas celebradas en el templo San Alberto Magno recién terminado.

En una fotografía del álbum familiar, aparece sentado frente a su casa, en plena tarea de hilvanar prendas, en compañía de sus ayudantes, en este caso los señores Regino Caballero y Garay, y su cuñado, don Juan Guillemo Núñez, tods inmigrantes.

Pronto se llenó de trabajo “no había tiempo para salir”, y entre telas, moldes,  puntadas e hilos, fue tejiendo también su propio destino que compartió con doña Pabla Silva Báez, con afinidad incluso en el oficio, ya que era modista, también paraguaya, a quien conoció en Corpus, emigrada en 1947, escapando de una cruenta revolución interna. Se casaron en 1948. El destino los unió, lejos de su patria.

Doña Pabla, comentaba a sus hijas, que en realidad ya le había “echado el ojo” a don Leocadio, allá en el Paraguay, cuando en alguna oportunidad lo vio vestido de impecable traje blanco, con sombrero, muy buen mozo y dijo “éste va ser para mí”; y el destino quiso que así fuera ya que ella, también se alojaba en el Hotel Suanno.

Se casaron  un tiempo después, instalándose en una vieja casa de madera, a pocas cuadras del hotel, en el fondo de la propiedad de don Hosel, también cerca de la calle principal del pueblo (hoy avenida San Martín).

Tuvieron dos hijas: Betriz y Rosa. Pero, con anterioridad,  como ocurría en el Paraguay de aquella época, con una gran escasez de varones, población diezmada en las guerras de la Triple Alianza y del Chaco,  muchos jóvenes mozos tenían hijos con varias mujeres en su vida, (situación naturalizada en la sociedad de su tiempo), don Leocadio también los tuvo, sin eludir tal responsabilidad.

Y volviendo a los duros comienzos de su actividad en los primeros tiempos, (¡quién sabe qué escenas recorren los senderos de su memoria!), entre pensativo y nostálgico recupera algunas de ellas y nos dice: “Puerto Rico era un pueblo próspero, con perspectivas de crecimiento. Estaba el Banco Nación, Fank, Johann, ferretería de Alejo Rauber, Brandt, Fank y Scherf, panadería Victoria, despensa Schmidt.”

El arduo trabajo emprendido por la joven pareja, pronto dio sus frutos y les permitió comprar un terreno sobre la actual calle Paraguay  donde uno de sus cuñados, que para ese entonces trabajaba en el obraje Avellaneda, le construyó una confortable casa de madera, rodeada de plantas y una parralera. Ese sitio rápidamente se convirtió en el lugar de referencia de muchos compatriotas que seguían llegando con la angustia del desarraigo pero cargados de esperanzas de paz y progreso. En la casa de don Leocadio, encontraban contención, solidaridad, y muchas veces comida y albergue hasta poder desenvolverse por su cuenta. También fue escenario de muchas reuniones festivas de la comunidad paraguaya como la finalización de la Guerra del Chaco, casamientos, cumpleaños…Esas reuniones eran la más viva expresión de los sentimientos de pertenencia a un grupo, materializado permanentemente en los ritos y celebraciones propias de su cultura,  acendrados por la nostalgia del terruño y la injusticia del exilio.

Desgranando recuerdos, no precisamente en orden cronológico, don Wisner alude a varias personas amigas y referentes de la comunidad paraguaya, como el dr. Regúnega, don Zarza, Bareiro, Buenaventura Benítez,  Juan Guillermo Núñez y muchos más, que organizaron el Centro Paraguayo; y mientras se fue construyendo, se reunían en la casa del dr. Regúnega. También apoyó permanentemente al club Social y Deportivo 25 de Mayo, donde fue tesorero durante un período.

Y el trabajo en la sastrería era cada vez más reconocido en el pueblo convirtiéndose en el “centro de la moda”, donde tuvo mucho que ver  doña Pabla, con su buen gusto y sus habilidades para la “alta costura”, que se encargaba de trajes de fiesta y vestía a las novias desde el tocado hasta el forrado de los zapatos en tela, haciendo juego con el vestido.

El negocio tenía una vasta clientela, tanto señores de la colonia que mandaban hacer sus trajes domingueros, infaltables para ir a la Misa, un casamiento, entierro, o para un trámite en oficinas públicas o del banco, como los del pueblo, un poco más habituados a ese tipo de indumentaria, por sus trabajos en el sector servicios que imponía una presencia impecable, siendo el “traje” el atuendo indispensable.

Después de haber ejercido durante más de medio siglo la profesión, cansado ya del esfuerzo que implica complacer los variados gustos de tanta gente con un  oficio casi artesanal, se  jubila, guardando para siempre en el baúl, tijeras, hilos, botones…

Y no solo se cierra una etapa en la vida de un sastre muy apreciado, sino que los  vertiginosos cambios tecnológicos, traen nuevas pautas de consumo, irrumpe  la cultura de lo desechable, desplazando definitivamente las confecciones “a medida”.

Al momento de escribir esta historia, don Leocadio, con 92 años a cuestas, con una lucidez envidiable y a 10 años de la partida de su esposa, conserva la presencia de ánimo suficiente para compartir sus vivencias, que también suman, a la hora de recrear el pasado y presente de nuestro pueblo.

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