En julio de 2003, a los 2 meses de la asunción de Néstor Kirchner como Presidente de Argentina, la Revista Cocú dedicó su editorial a esa nueva etapa que vivía el país. Fue la primera vez que la revista posicionaba su editorial en un hecho específico de la política de partido, los cuales, en ese momento, significaban una serie de naderías para los jóvenes que habían crecido y aprendido la astucia menemista de los años noventa, para nada modificada por el interregno de la Alianza UCR-Frepaso. Sucedía que ese 25 de mayo anterior había implicado el regreso democrático después del estallido institucional de diciembre de 2001, quizás el momento más difícil de la historia argentina.

Reproducimos el ese artículo por dos razones. La primera es que la emergencia política de los jóvenes en los últimos tiempos es un dato distintivo de la sociedad actual. Más allá de cómo se considere o incluso califique a este hecho, es un suceso que irrumpe hoy día en lo que parecerían ser condiciones culturales y políticas bien distintas, al modo de un nacimiento de época. En todo caso, es algo tan reciente como poco conocido, pero que sin dudas alude a que la consideración de la sociedad hacia la importancia de la participación juvenil en los asuntos del pueblo ha cambiado. Y esto hace a la segunda razón: la intención de Cocú de convocar a discutir acerca de la condición juvenil en estos tiempos, ya sea analizando prácticas y actividades públicas y políticas específicas, o estudiando los discursos vecinales, sociales, mediáticos que refieren a los jóvenes. La producción del Nro. 16 de Cocú reproducirá en sus páginas el fruto de esa discusión, intercambios o diálogos.

Kevin Morawicki

 

EDITORIAL DE LA REVISTA COCÚ Nro. 9
JULIO DE 2003

OTRA GENERACIÓN DE LA POLÍTICA

 

Cuando teníamos diez años Carlos Menem ganaba la presidencia de la Nación. Cuando cumplimos 20, y después de un largo proceso jurídico que marcó la lucha política de 1999, se bajaba de la precandidatura a la re-reelección. Ahora que tenemos 24 acabamos de atornillar su ataúd político.

¿Qué aprendimos, durante todos estos años, sobre qué es la política? ¿Qué idea fuimos forjándonos sobre las formas de participación política? ¿Qué cosas sueña y por qué cosas trabaja la política que conocemos?

Algunos opinan que en Argentina la llegada de un nuevo gobierno sólo significa un cambio de maquillaje de un sistema político mucho mayor: el de la totalidad de la clase dirigente, incluidos nuevos y viejos partidos, incluidos nuevos y viejos anfibios políticos y oportunistas de corto alcance.

Esta idea, cuyo máximo trasfondo sería el de la “farsa electoral”, parece contener una buena porción de verdad. Incluso grandes historiadores se han dedicado a mostrar cómo el poder político actúa a partir de sucesivas distribuciones, relativamente equitativas, de bancas legislativas y cargos públicos: esto para ti, esto para mí. Lo que se dice, una verdadera corporación de poder y silencio que velan por la corrupción.

Pero por otra parte, la sucesión presidencial de mayo último nos habla de otra porción de verdad: no era lo mismo que ganara Menem o Kirchner. No era lo mismo. Todos sabemos quién fue Menem y que, al margen de nuestra opinión favorable o desfavorable en torno a su gobierno, está probado que era jefe de un grupo de corruptos. Una vez cerrado su ataúd político, los nuevos aires históricos nos traen otros interrogantes. No ya si este presidente actúa con golpes de efecto o si es la versión progresista de los grupos conservadores (o lo que sea), sino la pregunta sobre qué forma de hacer política aprendimos en la década del 90, y en qué medida nuestro desencanto hacia la participación no tiene que ver con el asco hacia la frivolidad de la política mientras la pobreza pasaba de ser un dato amenazador para constiuirse en el principal indicador de nuestras sociedades.

 

 

Ahora tenemos un presidente que en la década del 70 era un joven fervorosamente idealista y decididamente militante: un presidente cuya historia política es la metáfora de lo que durante años escuchamos como el “ideal setentista”, convencido en las grandes utopías y dispuesto a poner el cuerpo para conseguirlas. Hasta ahora se ha dicho mucho sobre las acciones del nuevo gobierno. Pero más que esto, importa la discusión de hasta qué punto sobrevuela o no otra forma de concebir la política como aquella herramienta que permite mover los hilos sociales en vistas de la construcción de un mundo más justo.

Para decirlo en pocas palabras, no se trata de discutir si estamos a favor o en contra del nuevo gobierno, sino de estar atentos a las posibilidades históricas que pueda ir estableciendo este gobierno para repensar nuestro proyecto generacional a largo plazo. Una concepción y práctica políticas que, por lo menos, sea algo más que el mover las fichas en el propio tablero partidario y la habilidad de hablar en medios de comunicación después de escuchar a los asesores de marqueting político. Una forma de hacer política que, a partir de la crisis de los partidos históricos, vuelva a estar vinculada al pensamiento, a la sensibilidad y a los grandes hombres que reconocen la grandeza de los otros hombres.

Seria una especie de milagro que Argentina resucitara en cuatro años. Pero Kirchner tiene otra misión: dejar sentadas las bases para la reconstrucción de los ideales políticos. Porque es la vida la que se nos va (y no otra cosa); es el futuro el que condenamos (y no un lejano dolor de panza); son los niños que mueren con las panzas vacías (y no el nombre dorado de un presidente estampado en la Historia Oficial).  Ese es la principal obsesión que debe tener el trabajo político, hoy, ayer, como siempre.-

 

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