CON EL MUERTO A CUESTAS

Publicado el 10/05/2010

 

Por Rosita Escalada Salvo

¡Putamadre! La exclamación resonó en el silencio ante el primer ring. Un llamado a esa hora solo podía significar que lo necesitaban, que tenía que ir quién sabe a dónde con la ambulancia.

Había llovido todo el día. Para hacer más llevadera la guardia, solía acompañar a su primo mientras tomaban mate y jugaban al truco. Total, estaba al pedo. Desde que lo despidieron en la papelera – no solo a él, a sesenta en total – tenía que llenar las horas, mientras deambulaba preguntando dónde habría alguna changa. Menos mal que no tenía familia, como la mayoría de los otros.

La situación iba de mal en peor, ya se sabía, por las huelgas, el corte de rutas, la indiferencia del gobierno, todo a causa del cambio de dueños, unos chilenos. Comenzaron a exigirles más y les bajaron el salario. Que hasta la reactivación, que la falta de precios, queloparió!

Seguro algún accidente. No, peor. Qué. Hay que llevar un fiambre a los parientes. Y salir ya, la chacra queda lejos.

Calentamos más agua, la pusimos en el termo y renovamos la yerba. Había que retirar el cajón en la Gendarmería y allí nos darían los demás datos.

Después nos enteramos aunque la verdad, a uno qué le importa. Rencillas entre vecinos, alguna cuenta saldada. O quizás era una mula, se sabe que a quienes revientan es a los pobres que hacen la tarea más riesgosa, más pesada; cargar con bultos en la oscuridad y en medio del monte no es fácil. Sí, se ganaba más plata que laburando, pero vea cómo terminan. Aunque vaya uno a saber, ¿no?

Y que lo habían reconocido el padre y el cuñado, bastante entonados. Bah! Reconocer es un decir, con la cara toda macheteada y deformada por la hinchazón. Tres días por lo menos. En ataúd cerrado, menos mal. No es que uno tenga miedo, pero para tranquilidad.

Comenzamos a darle pata, mientras nos duraba el asfalto. Y a mi primo no se le ocurrió mejor tema que contar casos de otros fallecidos que le tocó llevar. Uno de ellos que no estaba del todo muerto y comenzó a los golpes. No fuera a ser que éste. Pero no, tres días es mucho tiempo. Lo mismo se murió el otro. De la impresión, digo.

Clareaba cuando comenzamos por el camino de tierra. Qué tierra, ¡barro! Pero a la noche no había caído más agua y esa es la ventaja, se seca rápido. Siempre que no nos tocara algún bajo.

Para qué lo pensé. Ahí nomás. ¡Charco y medio! Mi primo es buen volante, ¡también! Años en lo mismo. Se conoce todos los caminos vecinales de la zona. Pero éste no. Y quedamos empantanados, bueno, no sería para siempre. Solo que con el muerto…Roncó el motor. ¡No le aflojes! En segunda es mejor, con la primera se queda el vehículo. Coleamos de lo lindo! Y el cajón que iba de un lado para otro. Madera barata, mirá si se destartala. ¡Pero salimos! Ya dije que mi primo como chofer, es un as.

A lo que no me acostumbro es al momento en que la familia se enfrenta con el difunto. O sea.

Llegamos a un cruce. Y ahora para dónde. Pinos y pinos solamente. Ni un rancho a dónde preguntar. Y nadie se nos cruza, qué va, con el mal tiempo y estos caminos intransitables. Plena mañana y comienza a apretar el calor, más con la humedad. Por instinto mi primo dobló hacia la izquierda. El camino era en ascenso, menos mal, pedregoso. La pucha con estos cerros! Hasta allí íbamos bien. La cosa fue al descender, resbaladizo, con huellones, en la puta vida pasa una máquina vial por aquí. Total, los pobres colonos no pagan impuestos. No pueden. Después el gobierno, o el Banco, se quedan con sus chacras. Cuando nos dimos cuenta, estábamos de culo en el barrancón. Ensartados en el tacuapí. Y ni de casualidad íbamos a poder mover la ambulancia. Para más, se había acabado el agua para el mate. Cagamos si comienza a llover, dijo mi primo mirando el cielo cada vez más oscuro.

Pero lo que son las cosas, ¿no? Un jeep de esos viejos, apareció en la cima. Y con cadena y pocas palabras nos sacaron del atolladero. Gente solidaria siempre se encuentra. También de las otras. Y el dato: la casa del occiso estaba cerca.

¡Llanterío y medio, al vernos! La mujer, pobre, se estiraba las mechas y a los gritos. ¡Gregorio! ¡Por qué! ¡Y ahora que voy a hacer con tantas criaturas! Yo te dije que tuvieras cuidado. Ayyyyaaaayyyyaaay!

Se había reunido el vecindario, porque un velorio es un velorio y hay que cumplir. Caras compungidas en los compadres, algunos con sacos como lo requiere la ocasión, sacos que apenas le prendían y con olor a naftalina. Alguno hasta se puso corbata desteñida. Y zapatos, que las alpargatas son para el trabajo. Y los perros husmeando, el instinto les dice que habrá comida más tarde y algo van a ligar. No falta un comedido que carnea alguna oveja, que chanchos no, se dejan para las Fiestas.

Antes de hacerle firmar a la viuda, había que constatar nuevamente. Fulero ese momento, abrir el cajón. Y cerrarlo rapidito. Porque padre y cuñado no habían llegado, seguro que se quedaron en algún boliche meta caña.

Por respeto todos se retiraron. Solo quedó ella. Y nosotros.

Fue abrir y los ojos se le desorbitaron. Y cayó redonda. Aunque era flaca. Vino una comadre y le hizo respirar perfume. Le cacheteó las mejillas. Eufrida! Por tus hijos. Recuperáte.

Y el alarido que resonó en el monte, en las sierras.

Ese no-es-mi-ma-ri-doooooooooo!!!!!!!

Lo peor, para nosotros, era volver. Volver con el muerto a cuestas.

 

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