El Más Querido De La Familia

Publicado el 25/06/2009

El Más Querido De La Familia

 

 por Alberto Szretter
 
En un centro asistencial murió un señor. Esto es normal. Decimos que es normal morir; y que de vez en cuando -incluso- conviene morir. No nos viene mal.
Es saludable para la propia persona y para la especie.
Este señor, cuando vivía era un hombre anciano, jubilado; con el tipo de pensiones que otorga el Estado de manera graciosa e interesada (sobre todo si aun vota) a la gente vieja; como dádiva cuando –creemos nosotros- es un derecho inalienable de la gente mayor.
 
No va que un día al buen hombre, humilde, añoso, debilitado de tanto aguantar los desplantes de los días, se le da por enfermarse, ir a una Clínica para buscar alivio y no encontrándolo, fallecer.
En esos días vinieron muchos parientes de la colonia.
Nosotros decimos “la colonia” al sistema de chacras que existen en esta provincia olvidada y marginal.
 
En las chacras, parcelas de tierra de variada extensión, 20, 30, 40 hectáreas, se asentaron a vivir los inmigrantes principalmente, pero también quedaron allí los criollos a producir cosas de la agricultura.
Y después ya se sabe, se mezclaron los colores.
Las chacras comienzan en las afueras de los pueblos, del ejido urbano, allí nomás, y se las encuentran varios kilómetros tierra adentro.
 
De esos lugares llegaron las visitas. Algún hermano más joven que el enfermo, parientas de pañuelos en la cabeza, gordas y flacas, viejas y púberes, rubias y castañas, sobrinos en camiones destartalados, nietos y sobrenietos que el abuelo ya casi no conocía, vecinos en chatas de museos. Ahí había nombres y apellidos del norte de Europa y del sur de América.
Todos trabajadores rudos, sanos, simples, con callos de laborar la tierra, el arado, de plantar, de cosechar y ordeñar, de volver a plantar, cosechar y ordeñar, en ciclos eternos y cada vez más duros, pesados y pobres.
Claro que cuando hay que partir para siempre no existe multitud de apoyo que retenga al viajero.
Y eso pasó.
 
El señor tuvo el buen tino de morirse. Lo decimos no con resignación burlona o siguiendo un fatalismo religioso, por favor, sino aceptando los cruces impostergables de la vida.
Y eso que pasó, ha pasado y va a continuar pasando: el mundo va renovando  -si miramos bien-  su gente.
Es gracias al sexo y a la muerte que esto sucede. Y aunque el sexo es biológicamente antieconómico (en cuanto a energía), es hermoso y con eso ya basta. La muerte en cambio es ascética, fea y (no guste o no) también necesaria.
En cuanto a lo primero, ya sabemos que algunos biólogos afirman que es más práctico que la célula se parta en dos o que produzca gemación simple para reproducirnos.  Pero esto, que pertenecería a otro cuento, es horrible. Preferimos gastar más y acoplarnos como corresponde, que andar ahorrando energías en aburridas replicaciones insulsas o esperando polinizaciones al azar.
 
Bueno, decíamos que el buen cristiano se murió, y decíamos que este fenómeno suele pasar.
Lo que no suele pasar tan seguido fue lo que se dio, en el caso que nos ocupa, en los momentos posteriores.
 
Fue el médico a cerciorarse del fallecimiento. Y era cierto, nomás.
Luego fue la enfermera o casi con el médico, ya que estos no pueden moverse sin el resguardo, apoyo, espalda, e hilo-más-delgado de la enfermera; y ahí nomás, una administrativa, por esa cuestión de sacar los sueros, la primera, y entregar o también sacar (papeles), la segunda. Trámites sanitarios y trámites burocráticos.
Y aquí el primer problema, ya no para el muerto sino para los que se quedaron de este lado de la raya: no tenía cobertura de sepelio, y menos en la chacra.
 
¿Qué hacer?
Hubo una reunión, reducida, de los deudos directos en voz baja, primero en el pasillo, de emergencia, y después afuera, en la vereda, ampliada, con otros parientes.
Al abuelo no lo iban a dejar jamás. Había que llevarlo, era verano y el cuerpo ya no podía aguantar muchas horas más, apuraron en el sanatorio, que es una empresa cuya materia prima son los vivos enfermos y los vivos sanos. Los muertos deben pasar a otro rubro. Es la división internacional del trabajo.
 
Dispusieron una camioneta (la más nueva) de un pariente y, tal cual haría una ambulancia, la enfocaron de traste en el garaje del sanatorio; consiguieron unas tablas y pusieron allí al anciano fallecido.
Surgió en ese instante el inconveniente de que la carrocería del vehículo era más corta que el difunto, pero ellos, gente sola acostumbrada a solucionar problemas sin la ayuda de ninguna institución y menos del Estado que no se acuerda ni siquiera de los que aun moran este mundo, y mucho menos en la chacra, encontraron que si no cerraban la tapa  porque los pies quedaban afuera, podían transportarlo igual. Pero tomaron la precaución de atarlo. Que uno puede estar muerto y caerse igual en el primer barquinazo.
 
Cuando terminaron de fajarlo al cadáver con unas sogas desde las axilas y alambres desde los pies y de cargar su delgada, flaca e inútil maleta, subieron adelante, en la cabina,  la viuda y una hija, y dos nenas, y atrás tres muchachotes y una joven de ignorada filiación, pero qué importa, para no dejarlo solo al difunto y para prevenir deslizamientos en las bajadas y subidas de los caminos terrados de la zona.
 
Un morocho de 140 kilos manejaba transpirando y asumiendo con cara de circunstancia el importante papel que el Destino le había deparado. Habrán sido las 11 de la mañana cuando salieron. 
En otros móviles humildes y más vetustos  se armó la comitiva seguidora rumbo al velorio.
El sol caía con toda la fuerza abrasadora de un enero desatado. Pero había que ir despacio por una cuestión de respeto y porque todos habían visto en los pueblos alguna vez las procesiones de este tipo, que son lentas; salvo en las grandes ciudades donde los coches fúnebres se contagian del vértigo urbano y trasladan por las avenidas a gran velocidad, haciendo slalom, al muerto, a los familiares y a las coronas de flores que van desparramado pétalos de plástico y lamentaciones preimpresas por las calles ciudadanas; además hay que cumplir  con otros servicios, y no se debe andar perdiendo el tiempo frente a la inevitabilidad del destino.
 
A las dos cuadras encontraron un almacén abierto y pararon. Había que hacer lo que se denomina una “provista”, o sea provisiones de  alimentos, bebidas, aceite, vino, cosas que no hay en las chacras lejanas, porque no hay sitios por ahí cerca donde abastecerse para pasar esas horas de duelo y despedida.
Los supermercados están en los pueblos; ahí están las ofertas, los colores, la variedad.
 
Bajaron todos, menos un par de jóvenes que se quedaron con el señor y, acatando las órdenes de una hija rubia, desplegaron una sombrilla sobre la cara lívida de hombre.
Quizás hacía mucho que la familia no se acercaba a la ciudad porque tomaron la ocasión para detenerse en ver detalles de mercancías y novedades recién llegadas, bijouterí espantosas de vitrinas, vidrios pintados y unidos por cuerditas; regatear precios, comprar pavadas, y adquirir comidas y bebidas como si el mundo fuera a acabarse y temieran que falte algo con que retribuir los pésames, las frases hechas y las caras de no somos nada.
 
Las bolsas y cajas las fueron subiendo en las chatas en situación de desguace, que seguían al finado, algunas, incluso, al costado del muerto que de esta manera hizo su último viaje rodeado de damajuanas, galletas y salchichones.
La única corona de claveles, mustios y tan secos como el destinatario, la fijaron a los dedos gordos del occiso, que salían de la camioneta, para hacer espacio y también  -hay que decirlo-  para que los transeúntes, los pocos que había en esa hora tórrida de siesta, y los inexistentes de más adelante, en el camino, repararan que ahí iba, sereno y final, el más querido de la familia.-
 
 
 

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