¿Por quién doblan las campanas?

Publicado el 18/06/2009

 

La emblemática torre del templo San Alberto Magno, larga y alta, no sólo es el punto de referencia más notable de la ciudad, visible a gran distancia, sino que alberga en su interior tres magníficas campanas, cuyo código de comunicación formó parte del cotidiano de la gente de nuestra ciudad y colonia, por mucho tiempo.

Puerto Rico, desde los albores de su creación oficializada por Carlos Culmey en noviembre de 1919,  fue una población eminentemente católica, guiada espiritualmente por el Padre Max Von Lassberg, sacerdote jesuita, co protagonista en la empresa colonizadora.
La relevancia de la parte espiritual, canalizada a través de la religión, la fe en Dios de nuestros pioneros,  se manifiesta con la temprana construcción de la primera iglesia San Alberto Magno, cercana al puerto, hoy capilla San Miguel. Esa iglesia tenía un campanario construido en gruesas vigas de madera, ubicado en la parte más elevada del terreno (actualmente plaza San Martín). Un tiempo después fue desarmado y trasladado al lado del templo.
La campana de 167 kg había sido traída de Buenos Aires en 1921 y en 1948, cuando el nuevo edificio de la iglesia San Alberto Magno ya se encontraba casi listo, también se traslada la campana.

Desde la etapa fundacional de la colonia, la campana de la iglesia estuvo cargada de significado en el imaginario colectivo de la comunidad, desde constituirse en la “voz de la conciencia” que recuerda con sus toques en distintos momentos del día, ya sea la llamada a oración, el medio día, como el cumplimiento de otras obligaciones, especialmente la Misa dominical hasta acontecimientos como bodas, fallecimientos o la llegada del Año Nuevo.

En tiempos de la primer campana (que permaneció los 10 primeros años de funcionamiento del templo), la población de Puerto Rico podía oir sus tañidos a las 6 de la mañana, como saludando al nuevo día. En realidad, era un llamado a la oración así como a las 12 del mediodía y el “Angelus” de las 18hs, marcando el fin de la jornada e invitando al recogimiento en la intimidad del hogar.
La rutina de los días domingos y “fiestas de guardar” era un tanto diferente, ya que las campanadas eran más frecuentes tocando la “llamada” a Misa ½ hora antes, y la “entrada” al inicio.

En el año 1956, el entonces cura párroco rvdo. Padre José Phul encarga la construcción de tres campanas nuevas a un taller de fundición de Bochum (Alemania) especialmente para nuestra comunidad. De distintos tamaños y preciosos sonidos cada una con su nombre grabado en relieve, la más pequeña “Ave María”, la mediana “San José” y la mayor “San Alberto”.
En 1958, arribaron al frente de la iglesia montadas en el camión de Alfonso Rambo, recibidas por la comunidad y el novel obispo Monseñor Jorge Kemerer quien las bendijo en esa ocasión.

Cada campana tenía sus padrinos que fueron seleccionados en sendos remates “al mejor postor”  para el financiamiento de las mismas. Así de la campana San Alberto fueron padrinos José Sockmanns  e Hilda Rosenbach, de la San José, Antonio Rosenbach y Frida Seewald de Baumgratz y de la Ave María,  Ricardo Radins e Isabel Flores de Rauber
Es de imaginarse el desafío que representó montar las pesadas campanas en la torre, cuando no se conocían los elevadores mecánicos.
La vieja campana  tuvo como destino la capilla San Roque de la colonia San Alberto

Parafraseando al famoso escritor Ernest Hemingway con su obra “¿Por quién doblan las campanas?”  recordamos el código de comunicación que constituían estas campanas durante mucho tiempo para la comunidad. Además de tocar llamadas y entradas a los diferentes oficios religiosos, era costumbre anunciar los fallecimientos. Así, cuando morían niños  o  jóvenes tocaba la campana menor; la muerte de una señora era anunciada con la campana mediana, mientras que para los varones adultos, tocaba la mayor. Sin teléfono ni emisoras de radio locales, esos mensajes eran captados de inmediato. La población entendía, que en algún hogar del pueblo o de la colonia, la muerte se había presentado.
Al finalizar las Misas de Réquiem de “cuerpo presente”, que eran tan habituales en otros tiempos, el toque de campanas despedía al difunto mientras se iniciaba la caravana hacia el cementerio.

Los repiques se daban en  grupos de tres a intervalos regulares, luego en forma continuada durante algunos minutos. La importancia de la persona fallecida en relación a la iglesia, se notaba en la duración de las campanadas. Así por ejemplo, el 8 de octubre de 1958, una vez conocida en esta parte del mundo la muerte del Papa Pío XII, se escuchó por largos minutos el estremecedor sonido e la campana mayor. A nadie escapaba que alguien muy importante había fallecido.

El equipo electrónico para poner en funcionamiento el repique automático de las campanas procedente de Alemania, fue instalado a principios de 1962  para reemplazar la tradicional soga tirada a tracción humana.
En 1999 el técnico electrónico Pedro Terlaack instaló la automatización parcial de las campanas de manera que suena la San José todos los mediodías y el “Angelus” a las 19 hs.

Si bien las campanas pertenecen a un ámbito específico que es el templo y tienen en origen una función asociada al quehacer religioso, sus bellísimos  sonidos que el viento esparce hacia los cuatro puntos cardinales a kilómetros a la redonda,  constituyen una marca identitaria que enorgullece al conjunto de  los portorriqueños.

Parroquia San Alberto Magno

 

 

 

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