El Augurio

Publicado el 31/05/2009

Aletargado por las horas de reclusión y penumbra estiró los brazos casi fingiendo desperezarse. Sus músculos no reaccionaban al pedido y los bostezos tampoco llegaron como cuando el descanso es bueno…

Las ligeras fisuras entre el cortinado roto resplandecían marcando una mañana avanzada y el latir callejero parecía acercarse paulatinamente a medida que sus sentidos despertaban desordenada y evasivamente.

 

 Buscando incorporarse, un agudo dolor en la espalda, entre la espina y el omóplato, comenzó a retorcer su memoria. Un repentino abrir de ojos mostró destellos viperinos tras las pupilas aún poco dilatadas para escudriñar las sombras entre los sucios rincones del paradero. Ojos y recuerdo febril combinaron como resorte y la velocidad desencadenó incómodas piruetas mal vistiendo y posándolo en unos segundos en un patio interior, piso y medio debajo de la guardilla del mal sueño…

Saltó las dos hiladas de alambre linderas de los patios encontrados y un par de ladridos echaron al ruedo la misma angustia que exhalara en caliente aliento por casi tres horas la madrugada anterior, cuando en dos oportunidades fuera descubierto y casi aprehendido.

Rodeó un bienoliente guayabal agazapándose para evitar las ramas bajas y luchando contra los dolores, enfilando velozmente tras la cerca de troncos podridos hacia el bajadón que lo metió de improviso entre las ruidosas y secas bananas de oro y después en el bañado…

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“-¿Estás sola?.. – la pregunta sonaba aún en sus oídos y ponía un bello y desconsolado retrato en su memoria, que las sombras del galpón no le habían dejado advertir a tiempo. Don Dalmo -y quién sabe quienes más- había disparado de inmediato y él solo había atinado a arrojarse al suelo y rodar por detrás de los bidones y damajuanas mientras el grito de María traducía los peores presagios.”

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A pesar de los repiqueteos sordos de sus pasos en el lodo y la lejanía de los mastines, la paranoia de quien más sabe de su infranqueable culpa  que de la implacable persecución, lo aturdía y empujaba con la fuerza de la desesperación, observando poco a sus espaldas y no más que de reojo.

Enseguida arribó al monte, que por encima del barro adherido a sus prendas que el calor húmedo hacía nauseabundo, imaginó fresco y preservador. Apenas penetró en un marañoso tacuapisal, jadeante trepó un quiebre rojizo plagado de boquetes de alimañas y enfiló orillando un angosto cauce que a los pocos metros se ofreció vertiente transparente…

Hundió la cabeza y las manos hasta que el alivio se tornó casi placidez, aunque su sofocamiento y aflicción irguieron y volvieron rápido su cabeza, entreviendo acuosos los árboles a contraluz del cielo soleado. Nada movedizo parecía inquietar la subyugante postal de la mitad del temor… Recordó la otra mitad del alejamiento y libertad en dirección contraria y hacia ella se internó con renovados brincos, zigzagueando entre el escabroso terreno selvático.

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“-¡Allá va!.. ¡Por el plantío de abajo!..-  Recordó que había oído voces iracundas entre las que había reconocido la de Samuel, cuyos celos enfermizos seguro lo llevaron a develarle el secreto al patrón…  Un impulso animal y la fatalidad lo habían colocado de huída en las cercanías del caserío de chacra y la certeza de su amor muerto lo desvió a la casa donde la bronca se descargó en esa lumbre incendiaria cuyo arrepentimiento se le acrecentaba ahora a cada minuto. Sin saber si Amanda o los hijos estaban, había sentido el detestable sabor de la venganza cuando las llamas se enroscaron rápido por las tablas, como retorciendo el viejo odio contra su rival de siempre que ya le había arrebatado su primer pretendida.”

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Embotado por la fatiga no sentía los extensos rasguños en sus brazos ni los golpes en sus pies y rodillas, que seguían abriendo paso incesantes entre la agresiva fronda subtropical. Parecía seguir alejando los gritos y ladridos tras de sí, aunque temía que sus vencidos sentidos le jugaran una mala pasada…

Corrió un centenar de metros más mientras las entreluces del follaje desnudaban la testarudez del mediodía, hasta detenerse al pié de un cedro robusto cuya corteza aplanada de un lado le ofreció respaldo.

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“¿Porqué no la había convencido antes para escapar juntos?… ¿No había sido acaso obvia su desenfrenada pasión? -Peligrosa y advertida cuanto más pasaban los días y los encuentros furtivos ya sin escenarios se habían hecho más frecuentes-, dilucidó con los ojos cerrados pero sin sujetar aún el aire frenético en su pecho. Lamentó la parálisis en que solía sumir el puro amor a sus esclavos y la locura postrera de sus víctimas…

María lloraba seguido y adivinarlo en su rostro no habrá sido difícil, como tampoco su propia cara de preocupación habrá escapado a la desconfianza de Don Dalmo o de la misma cuadrilla en cada desmalezada.”

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El primer escape lo había bendecido con el pronto anochecer, que vuelto noche oscura lo ayudó a burlar a sus rastreadores. ¿Cómo saldría de esta, a plena luz del día y con el acostumbrado cerrojo entre la paisanada y los milicos cerrándose rápidamente en torno suyo?…

Lanzó a un costado el resto de raíces de tacuapí que ya no masticaría a pesar del hambre punzante y se levantó pesadamente diciéndose a sí mismo, como buscando convicción, que iría hasta El Pocito, porque en Mineral había un destacamento y lo pescarían tan fácil como casi ocurriera esa mañana en el pueblo.

El eco opaco de sus pasos transmitía cada vez más desaceleraciones, manifestando sus dedos sanguinolentos dentro de las alpargatas rotas y sus fibras cercanas a los calambres.

Un maizal grande en el cerril sector sur de la aldea lo llevó de rastras hasta el pinar, cuya blanda grava y libre extensión aplacaron su andar renqueante, mientras el brillo diurno comenzaba a declinar en esperada complicidad.

El  montecillo bajo le trajo pitangas y frutos aún verdosos de guembé ya cuando morían los últimos resplandores y el agua turbia del río refrescaron su garganta entumecida. Las voces y ruidos se habían apagado casi por completo y una guarida bien resguardada acogió su cuerpo que se desplomaba maquinalmente…

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Cuando los primeros gallos practicaron sus desentonos, una ventisca húmeda combatió los débiles rayos de la aurora. Él se incorporó como de rutina pero un sudor copioso cubría su torso y su frente y un cansancio impensado le dificultó moverse.

El crujido del catre al incorporarse delató vacío y no necesitó volverse para situar a su compañera con su mente. Tras el dintel algo bajo que lo obligaba hace tantos años a agacharse un poco ya divisó el fuego y detrás de la pava una sonrisa grande le mostró sus dientes grandes  y sus ojos hermosos.

El ardor en sus antebrazos señalizaba varios acometimientos y sus muslos desfallecidos arrastraban unos pies que casi no reconoció como suyos por las extrañas llagas…   

-Buen día. No dormiste bien,  parece…- , susurró María extendiendo un espumoso mate caliente.

-Un mal sueño nomás…- , espetó Ramiro mientras terminaba de sentar su huesuda y ojerosa figura en el asiento ahuecado de cedro… -Sólo un mal sueño, María.-

Ella sonrió secretamente mientras ensayaba macerar unas bolas de harina en la olla de hierro, atrapando con cada rítmico gesto la hipnótica confusión del hombre que platicó menos que lo acostumbrado esa mañana.

Afuera la brisa sopló más pesada acompañando unos acechantes nubarrones que venían desde el norte con apuro, vaticinando un aguacero de pesadilla cuando se hundiera la luna que aún porfiaba poco visible en el poniente misionero, rojizo y gris.

Apenas reparó en las alpargatas más desgarradas y mugrientas que completaron su ropaje para la fajina, con la presión de la tardanza en sus desvariados ojos y en su andar raudo atravesando el corredor…

El beso breve dejó sin embargo un gusto tibio y especial en su boca, sacándolo solo un instante de su sombría somnolencia.

Cuando ya sus pasos zancudos bordeaban el recodo del caserío de chacra y las primeras gotas golpeaban su rostro queriendo despertarlo, tanteó la canana y se paró en seco como si nunca hubiera salido sin el revólver. Volteó de inmediato y su dificultosa carrera acompañó los sórdidos truenos que antecedían cada relámpago que latigueaba intimidante como una abominación sobre su sombrero.

Casi no pudo divisar la morada entre la tempestuosa precipitación y no alcanzó a posar los pies tras el portón cuando escuchó el pavoroso estruendo…

Retumbó en sus sienes larga, dolorosamente, empequeñeciendo la furia de la tronada mientras hincaba sus enjutas rodillas como cuchillos en el lodo más atroz de sus infiernos interiores.

 -“¿Porqué, María?.. ¿Porqué?”..- La pregunta retumbaba una y otra vez como estampidas de la conciencia, buscando en vano recordar la expresión de su mirada en el reciente beso del adiós.

Merni.
Enero 2005.

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